Reseñas X (Documentales) ^ Colombia, Magia salvaje.

Escrito y dirigido por el prolífico realizador británico Mike Slee, Colombia, Magia Salvaje es, que yo recuerde, el único documental de calidad cinematográfica que ha tenido como tema nuestro entorno natural, y que gracias a esa misma calidad (aunque también por la amplia influencia de algunos de sus patrocinadores) se ha distribuido de manera exitosa en la mayoría de salas de cine a lo largo y ancho de nuestro país.

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Con el patrocinio del Grupo Éxito, en alianza con instituciones de carácter público como el Ministerio de Ambiente y el Ministerio de Cultura, distribuidores de cine, como Cine Colombia, Cinemark y Royal Films, y también de empresas del sector privado como Caracol, Google, Semana, RCN y El Tiempo, además de dos productoras como Fundación Ecoplanet y Off The Fence, de lo único que no se puede quejar el documental fue de falta de apoyo, en un esfuerzo mancomunado que puso del mismo lado a competidores históricos. Y lo mejor es que fue por una gran causa, aunque en el proceso alguien se haya echado al bolsillo unos cuantos millones de la inversión.

Lleno de imágenes espectaculares de la naturaleza de Colombia, desde las altas cimas de los Andes y la Sierra Nevada de Santa Marta, hasta las profundidades de nuestros mares, pasando por la hiperdiversidad de nuestra zona templada y cálida, el propósito fundamental de Colombia, Magia Salvaje es el de mostrarle al público, que toda la cháchara que nos cuentan desde niños, sobre la inmensa riqueza de nuestro país, su extraordinaria diversidad y la importancia de conservarlos, es una realidad vribrante que nos toca a cada uno de sus, aunque nos concentremos más en hablar (bien o mal) de Uribe, James, el salario mínimo o del proceso de paz.

El planteamiento expresado es claro: en Colombia existe una riqueza natural que sobrepasa cualquier punto de referencia que nos pudiéramos imaginar, un verdadero paraíso, que sufre la tragedia de ser el asiento de un pueblo tan intrincadamente complicado como el nuestro, y es a nosotros, esa raza con tendencia al arribismo (¡ay no nos digamos mentiras!) con un extremo gusto por el dinero fácil, que está dirigido este trabajo de impecable calidad, que con tomas asombrosas de nuestros paisajes, nuestras criaturas y también de nuestros desastres, invita a una más que necesitada reflexión sobre estos asuntos.

El documental se aproxima a nuestra naturaleza, contando una historia para cada clima, para cada criatura, para cada entorno. Así es como vemos en un tono divertido a algunos de nuestros colibríes, en tono de drama al perezoso y hasta en tono melodramático, a las parejas de simios inexploradas, del norte de la cuenca del Amazonas.

Chiribiquete, un paraíso selvático en lo más profundo de la selva colombiana,  y por donde seguramente pasearon muchas veces a Ingrid Betancourt, es protagonista en el documental.
Chiribiquete, un paraíso selvático en lo más profundo de la selva colombiana, (y por donde seguramente pasearon muchas veces a Ingrid Betancourt) es protagonista en el documental.

La relevancia de este tipo de trabajos es indiscutible, más aún cuando se trata de un material sumamente didáctico que se puede presentar ante las generaciones en crecimiento para generar algo de conciencia, antes que el microtráfico y las bionovelas los acaben de corromper. El documental podría haberse ido muy fácilmente por las tenebrosas corrientes del patrioterismo, pero se basó en hechos científicos y estadísticos comprobados, que no son consecuencia de opiniones o perspectivas. Muy diferente a los métodos “matemáticos, estadísticos y de geo-referencia” por el que la Fiscalía le pagó 4.000’000.000 de pesos a Natalia Springer, digo a Natalia Lizarazo, alias “Tocarruncho”.

Pero aunque el documental se concentre esencialmente en exponer la magia salvaje de nuestro país, no se limita meramente a escupir datos, mientras muestra imágenes bonitas hechas en helicópteros con cámaras de alta definición. No. El sentido de este documental es fundamentalmente crítico, al intentar despertar la conciencia colectiva de que, sí, vivimos en un paraíso, pero que gota a gota, se nos está diluyendo entre los dedos.

Para concluir, diría que hubo muchos aspectos de la magia natural de Colombia que no se tocaron, o se tocaron muy superficialmente, no es de extrañar, pues para hacer un documental con abarque toda la riqueza natural de nuestro país se requeriría una mini-serie de 20 capítulos y no un documental de noventa minutos. Resultaría interesante ver un documental de esta calidad, pero mostrando, también la vida de nuestras ciudades.

Un efecto, quizás inesperado del documental y en conjunto con la trepada que tiene el dólar en estos días, es que nos invita a conocer el país, a visitar algunos rincones inexplorados y no quedarnos en el eterno paseo a playa en Cartagena, o a Monserrate en Bogotá, o a montar el MetroCable en Medellín. Hay una Colombia gigantesca, allí, esperando que vayamos a conocerla.

Un documental para ir a ver en familia, especial para aquellas tan prolíficas que salen como un ejército de más de cinco niños, porque no es una función que requiera de silencio absoluto. Es una función para disfrutar, y mejor aún, para reflexionar.

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