Sin Siquiera Conocerte.

Camino. Camino acompañado intentando prolongar un momento, la compañía de alguien, la sensación de no estar sólo. Es sólo una cita ¿Cuántas he tenido en el último mes? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Cuántas en el último año? Intento convencerme que quizás sólo esta vez no estoy  arrojando perlas a los cerdos. ¿Hay un futuro? ¿Una probabilidad? ¿Un número racional que encierra las reacciones bioquímicas que mi sistema nervioso necesita para hacerme sentir feliz? ¿Completo? ¿Dichoso? ¿Cuál es ese número racional? ¿Existe? No puedo prolongar más el momento, es hora de la despedida. Un saludo de agradecimiento, una mirada perdida en la desidia, sin rastro de lujuria, me dice que por mucho que intente convencerme de lo contrario, sólo estoy soñando, de nuevo, como todos los días, como siempre. Una parte de mi se quedó en la velocidad de una curva, con los ojos empapados del rocío de la mañana, mirando hacia adelante. Entonces apareciste tú. El azar, la suerte, las posibilidades matemáticas jugando para mi, aún sin saberlo. Estoy cerca a ti, las seis de la tarde, no nos queda de otra que compartir nuestro espacio. Me hablas, criticas el caos, a los seres anónimos que rompen las reglas escritas y sin escribir… estoy de acuerdo contigo, quiero estar en esta conversación. Sigues hablando, detalles, experiencias, trabajo, escucho atento, puedo identificarme contigo, pero sólo presto atención al mensaje explícito, ignoro el mensaje furtivo detrás de tus palabras. ¿Eres así con todos? ¿Compartes así con todos? ¿O es sólo conmigo? Mis incertidumbres aparecen como libélulas en el aire después de llover. Sigues hablando, ríes, yo río contigo, pero es demasiado tarde, tu estación es la siguiente y yo lo sé. Alarmado intento buscar la manera de volverte a ver, la probabilidad matemática, el número racional que nos vuelva a poner en el mismo espacio, al mismo tiempo, sin presiones, ni plazos, ni obligaciones. Busco la manera, la busco, en serio. Las puertas se abren y te tienes que ir, me dices dos frases que yo, perdido en mis pensamientos, no logro escuchar. ¿Qué dijiste? Nada, una tontería nada más y te ves, tal como llegaste, te vas, para siempre, quizás. De nuevo intento convencerme que hice lo correcto, no miro atrás, sigo y sigo adelante, sin detenerme, pensando en la en la coincidencia, en la conveniencia, en mi cobardía, en la oportunidad ahora perdida en el laberinto sin salida del azar. Ni un teléfono, ni una dirección, ni un nombre. Nada. Ya es tarde. ¿Cuántos segundos fueron? Los suficientes para enamorarme de ti, sin siquiera conocerte.

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