La Invasión de los Mal-nombrados (o “sin Tocayo”).

Cuando como yo, se trabaja con niños o adolescentes, se viene a la cabeza una pregunta recurrente ¿Son los padres de ahora muy pero muy creativos a la hora de ponerle nombres a sus hijos o definitivamente se les safó un tornillo por un golpe en la cabeza? Porque ponerle a un hijo Esneider, Yoiber, Diseyis, Jarle, Darwin, Roiner, Sugeidis, Dainer, Reyksaik, Yerselis, Yilmar o Yoney solo índica una gran capacidad mental, pero para inventarse nombres espantosos.

Y lo peor es que ya nos estamos acostumbrando a escuchar esos esperpentos de nombres sin inmutarnos como si fuera algo normal, y se encuentra en casi todos los estratos sociales y ámbitos de la vida pública nacional, como el fútbol y hasta la política, sino averigüen como se llama el defensor del pueblo, la respuesta les sorprenderá, ahora ¿que tanto derecho tienen los padres a ponerle literalmente el nombre que les de la gana a los hijos? Pues la constitución angelical colombiana le garantiza a todos los ciudadanos el derecho de ponerle a sus hijos el nombre que deseen, lo cual resulta lógico, pero ese es el problema con los derechos, cuando parece que no tuviesen limites de ninguna índole como suele ocurrir en nuestro remendado país.

En Alemania, son muchísimo mas sensatos al respecto y tienen dos reglas muy claras, que deberíamos adaptar de alguna manera aquí en Colombia, antes de que los Meresnaider y las Marzirisyuris nos invadan, estas reglas son:

1) El nombre debe reflejar el sexo del niño (para los mamertos que dicen “los niños y las niñas” deberían leerse un diccionario de la lengua para que vean que la palabra “niño” incluye a ambos sexos dentro del contexto).

2) El nombre no debe poner en peligro el bienestar del niño.

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Cambiar de nombre es un proceso engorroso, no solo por los cambios en la cédula sino en todos los documentos como diplomas, certificados y otros.

Es esta segunda regla, la que mayor peso tiene, ya que el nombre en sí mismo es una carta de presentación, si usted fuera el jefe de contratación de una empresa y tiene dos candidatos igualmente calificados ¿a quien eligiría? ¿a alguien de nombre José Daniel? ¿o a Ernevis Alfonso? ¿A Patricia o a Diseyis Yohana?

Además de la popular práctica de inventarse nombres a la lata, otra es la de adaptar los nombres, no solo de personas, sino de marcas y objetos para ponerle esos nombres a los hijos, recuerdo que una vez con mi papá en la Guajira había un señor que se llamaba Colgate, ¿y que hay de Piter, Yonatan, Yeison, Bequenbabuer, Esbanestaiguer, Robiño y otros nombres?

El nombre es algo tan personal, que incluso si se constituye en un perjuicio para el éxito académico o laboral, muy pocos tienen las agallas de cambiarselo, primero por que los trámites son eternos en nuestra manoseada Registraduría Nacional del Estado Civil y segundo por que después de 18 años oyendo el mismo nombre, ya es una parte fundamental de nosotros.

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