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La Cultura del “Bus de la Victoria”

 

La primera vez que escuche el término “bus de la victoria”, hace ya varios años, fue cuando el ex-ministro de Gobierno Fabio Valencia Cossio, que en esa época andaba buscando un puesto en la Casa de Nariño, se adhirió a la primera campaña presidencial de la hoy varias veces quemada (o ahogada según su dialecto regional) Noemí Sanín.

El término me quedó sonando, pues no solo se aplica a las cuestiones políticas, sino que aplica a toda clase de situaciones que implican una contienda, desde la liga de fútbol, hasta los realities que vemos en la televisión

El término ha regresado a mi mente, después de escuchar a varias personas que hablaban de un ex-alcalde de cualquiera de los municipios de nuestra Colombia, ex-alcalde que ahora aspira a la alcaldía, situación que se presenta en una gran cantidad de los pueblos y ciudades de nuestra patria, a excepción de algunos donde dichos alcaldes están en plenos procesos con la físcalia, por apropiación indebida de recursos entre muchas otras perlas.

La situación, que ha de ser bastante común, es que el ex-alcalde durante su administración, al contrario de lo que manda la ley, no hizo ningún esfuerzo por mejorar la calidad de vida de los pobladores, sino que todo lo contrario, dejó al municipio peor que como lo encontró, todo dentro de una administración que no se pudo tildar de otra manera que “dictatorial”.

Sin embargo, ahora que el ex-alcalde quiere aspirar nuevamente a la alcaldía, incluso teniendo el resentimiento de la población, parece tener todas las de ganar ¿La razón? Pues, tienes las de ganar, porque todo el mundo cree que va a ganar. Así como pasó con Noemí Sanín en 1998, que todo el mundo creía que iba a ganar, la simple razón de que un candidato X tiene la ventaja, por su enorme brazo política, por su descomunal capacidad para comprar votos, porque lo respalda un ex-senador preso en la picota…da a entender que votar por cualquier otro candidato es “botar el voto”.

 

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Es importante entender que nuestro voto no debe ser coaccionado de ninguna manera, debemos votar por quien queramos hacerlo de manera libre, sin prestarle atención a las encuestas, a los rumores, a los respaldos, es nuestro derecho.

Así que en las próxima elecciones, votemos libremente por el mejor candidato, no con el que la gente quiera que gane, o peor con el que la gente crea que va a ganar, igual cada voto suma y a lo mejor este año se pueda dar la gran sorpresa.

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Colombia y Sabana.

La Invasión de los Mal-nombrados (o “sin Tocayo”).

Cuando como yo, se trabaja con niños o adolescentes, se viene a la cabeza una pregunta recurrente ¿Son los padres de ahora muy pero muy creativos a la hora de ponerle nombres a sus hijos o definitivamente se les safó un tornillo por un golpe en la cabeza? Porque ponerle a un hijo Esneider, Yoiber, Diseyis, Jarle, Darwin, Roiner, Sugeidis, Dainer, Reyksaik, Yerselis, Yilmar o Yoney solo índica una gran capacidad mental, pero para inventarse nombres espantosos.

Y lo peor es que ya nos estamos acostumbrando a escuchar esos esperpentos de nombres sin inmutarnos como si fuera algo normal, y se encuentra en casi todos los estratos sociales y ámbitos de la vida pública nacional, como el fútbol y hasta la política, sino averigüen como se llama el defensor del pueblo, la respuesta les sorprenderá, ahora ¿que tanto derecho tienen los padres a ponerle literalmente el nombre que les de la gana a los hijos? Pues la constitución angelical colombiana le garantiza a todos los ciudadanos el derecho de ponerle a sus hijos el nombre que deseen, lo cual resulta lógico, pero ese es el problema con los derechos, cuando parece que no tuviesen limites de ninguna índole como suele ocurrir en nuestro remendado país.

En Alemania, son muchísimo mas sensatos al respecto y tienen dos reglas muy claras, que deberíamos adaptar de alguna manera aquí en Colombia, antes de que los Meresnaider y las Marzirisyuris nos invadan, estas reglas son:

1) El nombre debe reflejar el sexo del niño (para los mamertos que dicen “los niños y las niñas” deberían leerse un diccionario de la lengua para que vean que la palabra “niño” incluye a ambos sexos dentro del contexto).

2) El nombre no debe poner en peligro el bienestar del niño.

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Cambiar de nombre es un proceso engorroso, no solo por los cambios en la cédula sino en todos los documentos como diplomas, certificados y otros.

Es esta segunda regla, la que mayor peso tiene, ya que el nombre en sí mismo es una carta de presentación, si usted fuera el jefe de contratación de una empresa y tiene dos candidatos igualmente calificados ¿a quien eligiría? ¿a alguien de nombre José Daniel? ¿o a Ernevis Alfonso? ¿A Patricia o a Diseyis Yohana?

Además de la popular práctica de inventarse nombres a la lata, otra es la de adaptar los nombres, no solo de personas, sino de marcas y objetos para ponerle esos nombres a los hijos, recuerdo que una vez con mi papá en la Guajira había un señor que se llamaba Colgate, ¿y que hay de Piter, Yonatan, Yeison, Bequenbabuer, Esbanestaiguer, Robiño y otros nombres?

El nombre es algo tan personal, que incluso si se constituye en un perjuicio para el éxito académico o laboral, muy pocos tienen las agallas de cambiarselo, primero por que los trámites son eternos en nuestra manoseada Registraduría Nacional del Estado Civil y segundo por que después de 18 años oyendo el mismo nombre, ya es una parte fundamental de nosotros.