Mi Barba y Yo

Escrito por @Mr_Brownie http://mrbrownie.tumblr.com

 

El calor de mi natal Barranquilla no es un clima que favorezca el uso de vello facial, así es que de pequeño no veía muchas barbas, excepto las de los apóstoles en la rutinaria programación de semana santa en aquellos tiempos en que solo contábamos con dos canales de televisión. Además de eso, sólo recuerdo a cierto compañero de la escuela, a quien llamábamos “el abuelo” a causa de su barba digna de todo un carpintero bíblico. Las razones por las que un joven de 18 años cursara 4 grado en la escuela primaria, nunca fueron claras para sus compañeros de clases.

Adolescente me fui a vivir a Bogotá, inseguro de lo que encontraría y pretendiendo aparecer más caribe de lo que en realidad era. La verdad no me fijaba mucho en las barbas de nadie, hasta que mis compañeros de semestre apostaron acerca de quién duraría más tiempo sin afeitarse. Evité participar desde un principio, pues escasamente contaba con tres tristes pelos en el mentón y un bozo incipiente que me esmeraba en eliminar con bastante regularidad, para evitar la apariencia de enfermo crónico que le daba a mí cara. De cualquier manera, esa apuesta entre universitarios en mitad de su carrera me puso de cara a la marginalidad. Estaban los barbados atrayendo todas las miradas y los otros…

Al terminar mi carrera tomé caminos laborales bastante diferentes a los usuales para mi profesión, aunque ello no implicó el abandono de mi disciplina, más bien aproveché para trabajar haciendo lo que mejor se hacer, el caso es que se requería vestir con elegancia de la cabeza a los pies, salvo los viernes, día en que era bien visto el uso de los jeans, siempre y cuando no hubiera alguna reunión de esas importantes en ministerios, corporaciones y demás.

Pero, ¿Esto a qué viene?, no crean que divago, aunque la verdad sí lo hago. El asunto es que en estos escenarios cualquier tipo de vello facial estaba poco menos que proscrito, así las cosas, la gillette y yo seguíamos siendo inseparables por varios años más.
Hace 5 años atravesaba por el que todavía considero el momento más duro de toda mi vida. En ese entonces tomé decisiones radicales que me liberaron, al menos en parte, de los pesares y angustias que enfrentaba. La primera fue renunciar a un exitoso y absorbente empleo, con lo que recuperé algo de tranquilidad, al tiempo que abandonaba por completo la práctica mañanera de afeitarme a las carreras antes de salir corriendo a trabajar. Paradójicamente, así fue como llegué al mundo académico que tan esquivo me había sido en el pasado. Y vaya sorpresa, nadie dijo nada de la descuidada y fea barba que portaba el nuevo director de programa de la universidad.

El tiempo pasa y yo sigo dando saltos y cambiando. Tanto, que ahora lo pensaría más de dos veces antes de deshacerme de esta barba que con decisión y constancia se ha logrado abrir campo no solo en mi cara sino en el imaginario de quienes me conocen.

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