Reseñas X: La Dama de Negro 2, El Ángel de la Muerte

Con un argumento, una fotografía y en general una dirección desastrosa, la segunda entrega de “La Dama de Negro” logra lo que parecía imposible: destruir por completo una franquicia con un multimillonario potencial; dejando decepcionados a los miles de seguidores del famoso fantasma concebido en la mente de la escritora británica Susan Hill.

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Aunque en la primera entrega de “La Dama de Negro”, dirigida por el aclamado director James Watkins (Eden Lake), era más que evidente la intención de aprovechar al máximo la figura de Daniel Radcliffe, luego del rotundo éxito de las películas de Harry Potter, a tal punto de incluir descaradamente elementos obvios del imaginario de J.K. Rowling como el tren, el castillo y la varita, el resultado final fue ideal gracias a un impecable trabajo de dirección y a una originalidad en la concepción del suspenso y el terror, que fue una bocanada de aire fresco para el género.

Sin embargo, todo lo que Watkins y Radcliffe hicieron bien en la primera película, fue exactamente lo que el director Tom Harper y el equipo de producción hicieron terriblemente mal en la segunda. Literalmente lo que los primeros hicieron con las manos, los segundos lo borraron con los codos, en un evidente afán de sacar el máximo provecho económico a la franquicia en el menor tiempo posible, lo cuál se comprueba con el lanzamiento de la novelización de la película con meses de anticipación.

“El Ángel de la Muerte” cuenta la historia de la maestra Eve Parkins (Phoebe Fox), que en conjunto con la directora Jean Hogg (Helen McGrory) recibe el encargo de llevar a un grupo de niños fuera del peligro de los bombardeos nazis sobre Londres, en lo más álgido de la Segunda Guerra Mundial, siendo dirigidos a un refugio improvisado en las tierras bajas de la costa inglesa. El refugio en cuestión es nada más y nada menos que la Casa de Eel Marsh, la misma donde el abogado Arthur Kipps de la primera película pasó sus últimos días. Pronto Eve, la directora y los niños se verán enfrentados a la misma fuerza maligna que cegó la vida de Arthur y convirtió a la villa cercana de Crythin Gifford en un pueblo fantasma.

La historia, en sí parece tener potencial, puesto que combina tres elementos infalibles dentro del cine de terror: niños, fantasma y remordimientos. Sin embargo la película falla en aspectos tan simples que al director se le nota la falta de experiencia en largometrajes de envergadura. En primer lugar la fotografía es un desastre; en la primera parte de la película, las tomas son tan oscuras que prácticamente sólo se escucha la voz de los actores y sólo se logra ver una que otra sombra gris en la pantalla. Está bien que se quiera dar un efecto tenebroso, al representar la oscuridad de la noche, pero al parecer al director se le olvidó que la gente va al cine a VER películas, no a sufrir en carne propia lo que experimentan los discapacitados visuales.

En segundo lugar, el argumento es tan escueto que da tumbos intentando encontrar en quien concentrarse. Por momentos parece que la historia se va a centrar en Eve, en sus traumas de juventud, en sus deseos de ser madre o en su capacidad de sortear las desgracias de la guerra; pero justo cuando empieza uno a medio interesarse en el personaje, el argumento salta a enfocarse en Edward, uno de los niños bajo su cargo, en su depresión por haber perdido a sus padres, en su incapacidad para hablar y en su calidad de víctima del matoneo de sus compañeros. Pero al igual que con Eve, la aproximación es superficial y apresurada, todo para darle prominencia a un personaje, que parece haber sido incluido a última hora para darle una “cara bonita” que ver al público femenino.

Jeremy Irvine interpreta al supuestamente misterioso piloto Harry Burnstow, quien cinco segundos luego de salir en pantalla se convierte en el interés amoroso de la protagonista. ¿En serio los guionistas no se pudieron inventar algo menos trillado? No sólo se nota demasiado que Fox e Irvine tienen CERO química en pantalla sino que, además de estar sustentada con una pobre actuación, la “misteriosa” historia del piloto no solo es tardía, sino también irrelevante al resto de la película.

Malas actuaciones y cero química entre Jeremy Irvine y Phoebe Fox.

A diferencia de la primera entrega, donde el efecto terror es palpable con unas sorprendentes tomas y encuadres del director, en esta se siguen los mismos tropos clichés de películas malísimas como “El Heredero del Diablo“, que no hacen otra cosa sino quitarle credibilidad a un género con inmensas posibilidades.

Una película tan mal producida, que parece saboteada a propósito ¿era esa la intención del estudio? Si fue así, sobra decir que tuvieron mucho éxito.

1,25

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