¿Qué será lo que pasa con el cine colombiano, que cada vez que por fin parece que vamos a salir del cinematográfico atolladero creativo en el que hemos estado por 118 años, viene una película como «Se Nos Armo La Gorda» y nos quita hasta las ganas de mostrar el pasaporte marrón por fuera de nuestras fronteras? Y es que desde que llegaron los primeros cinematógrafos y los primeros vitascopios al país por allá en 1897, el cine en nuestro país no ha terminado de despegar.
Desde aquellos días, más inmortalizados en los escritos de Gabriel García Márquez, por ser el escenario de las batallas perdidas del Coronel Aureliano Buendía, que por los registros fílmicos encargados por los gobiernos de turno para difamar a la chusma, el cine colombiano no ha pasado de ser el instrumento favorito para que algunos saltimbanquis CONTINÚA LEYENDO
Mal, muy mal empezó este año en materia cinematográfica, mismo año que personalmente esperaba fuera uno de los mejores en el séptimo arte, en vista de los estrenos que están en la boca del horno para los próximos meses como The Avengers: Age of Ultron; Star Wars: The Force Awakens; Rápido y Furioso 7; y los reencauches de Los 4 Fantásticos y Terminator. Y es que este mes de Enero las salas de cines no han hecho otra cosa que bombardear a sus usuarios con películas francamente mediocres combinadas con una amplia selección de dibujos animados de la misma dudosa calidad y para la muestra un botón: El Séptimo Hijo.
Afiche promocional de «El Séptimo Hijo».
El Séptimo Hijo (The Seventh Son) cuenta la bastante inverosímil historia de Gregory (Jeff Bridges, el de Tron: Legacy #sigh), el espectro, el último miembro de una legendaria orden de caballeros medievales encargados de luchar contra las criaturas de la oscuridad, de las cuales la más poderosa y peligrosa es la reina bruja llamada Madre Malkin (Julianne Moore) quien se ha liberado de un hechizo que la mantuvo prisionera por diez años. Con el fin de conjurar los peligros que se avecinan con el renacimiento de Madre Malkin y con la prematura muerte de su aprendiz Billy (Kit Harrington), Gregory deberá buscar un nuevo aprendiz, entre los séptimos hijos de los séptimos hijos, encontrando así a Tom Ward (Ben Barnes, ¿el príncipe Caspian?), pero los complejos sentimientos que se formaran entre Gregory, Tom y el resto de las brujas tornarán la tarea en un verdadero infierno.
Hay tantas aspectos execrables en «El Séptimo Hijo» que resulta difícil escoger por donde empezar. En primer lugar la fotografía es desastrosa, parece que estuvieramos viendo una serie de bajo presupuesto de la BBC, o un documental de Discovery Channel, al que sólo le faltaba la narración de algún «experto en fantasía» del mismo estilo del «experto en Chespirito» que presentó el Canal Caracol hace unos meses. El manejo del color es inexistente y el director parece haber tenido demasiada pereza para escoger mejor los encuadres. Una película similar,Hansel y Gretel, a pesar de todo lo mala que fue, manejó bien este aspecto.
Luego están los actores. No sé que le pasó a Julianne Moore cuando aceptó una parte en esta cinta, quiero creer yo que fue que no leyó el guión, le pagaron mucha plata o pensó que se repetiría el milagro young-adult una vez más, con posibilidades de secuela. O quizás (y lo más probable) es que no le están ofreciendo papeles de calidad por su edad, creo que lo mismo le pasó a Halle Berry, y eso que ella se ganó un Oscar. Moore y Bridges hacen sus mejores esfuerzos, pero la dirección y el guión literalmente no dan. Además el elenco juvenil está notoriamente mal elegido. Kit Harrington, que tiene una parte más pequeña, hubiese sido una mejor elección que Ben Barnes, y en cualquier caso ninguno de los dos hubiese dado la talla con el libro donde Tom tiene apenas 12 años. ¿Se imaginan a ustedes a un actor de 33 años interpretando a Harry Potter en su primer año en Hogwarts?
En ese mismo orden de ideas, los gráficos generados por computador, el famoso CGI, que en una película de fantasía medieval resultan INDISPENSABLES, aquí resultan de lo más mediocres, en el mismo nivel de «The Librarians». Es, a fin de cuentas, una película donde prácticamente nada funciona, uno de esos errores que todo aficionado al séptimo arte debe cometer de vez en cuando.
Una película que nunca debió ver la luz de los proyectores de las salas de cine.
P.D. Espero que las cabañuelas no aplique para el cine, porque si es así… nos j*dim*s
Para empezar, debo decir que, al igual que me pasó con Una Noche En El Museo 3, intenté evitar a Ouija por semanas, en primer lugar porque estaba etiquetada como una película de terror, género que en los últimos tiempos no se cansa de decepcionar y segundo, porque casi por accidente había leído una reseña tan negativa sobre la película que literalmente no me quedaron ganas ni de acercarme a la taquilla.
Sin embargo, en una conversación que sostuve con un amigo sobre el tema, me recordó y me recalcó que siempre es bueno y saludable formarse una opinión propia, en lugar de guiarse exclusivamente por las palabras de otras personas. Y pues luego de esa conversación y de nuevo atrapado por la pobre oferta de películas de este principio de año, decidí entrar a ver la cinta.
Ouija cuenta la historia de Laine Morris (Olivia Cooke) y Sarah Morris, un par de amigas/primas que han crecido juntas en lo más simpático de los suburbios de California. Todo va de maravilla, la escuela perfecta, los novios perfectos, el clima perfecto, hasta que el aparente suicidio de Sarah convierte los fantásticos suburbios en un verdadero infierno (¿Desperate Housewives?). Las cosas para Laine, su novio (Daren Kagasoff), su hermana y sus amigos se empiezan a poner color de hormiga cuando relacionan el suicidio de Laine con una tabla Ouija, con la que pronto ellos mismo tendrán que jugarse la vida.
Lo primero que sorprende de Ouija es que no es ni la mitad de mala de lo que pudiera haber sido. En efecto, la película no ni de lejos lo que pueda considerarse «bueno», pero en definitiva no es la porquería más grande del cine de todos los tiempos, como si lo fue «Encerrada«, aquel adefesio protagonizado por Sebastián Martínez y el papá de Edward Cullen, en la saga de Twilight.
La película es visualmente agradable, maneja una paleta de colores atractiva y a pesar de que los escenarios no son particularmente arriesgados o trabajados (el presupuesto era de apenas nueve millones de dólares) literalmente se deja ver. Por otro lado, aunque se notan ciertas falencias en el guión y en el argumento de la historia, se puede decir que la narración es si bien no sólida, al menos coherente. Respecto a las actuaciones, de nuevo, si bien no fueron la gran cosa, al menos fueron lo suficientemente refrescantes como para prestarle atención a la cinta. No me cabe duda que en la próxima década veremos mucho a Olivia Cooke y Daren Kagasoff haciendo muchas películas, porque hacen parte del ya necesario relevo en Hollywood. Angelina Jolie y Brad Pitt no iban a tener 30 años toda la vida ¿O sí?
Si usted jugó alguna vez la famosa «tabla Ouija», lo sorprendieron en el colegio y luego le hicieron la profesora de religión y el director de grupo le hicieron la charla correspondiente, sabe de que se trata la película.
Al final de cuentas Ouija terminó siendo una experiencia entretenida, por supuesto nada que ver con un Driveo un Dallas Buyers Club, pero aún así, como decimos en la jerga local caribeña «se dejó ver».
Una película entretenida, pero carente de sustancia.
Mi problema con «Una Noche En El Museo 3, El Secreto De La Tumba» empezó mucho antes de siquiera poner un pie en la sala de cine y el problema tiene nombre y apellido: Ben Stiller.
Afiche promocional de Una Noche En El Museo 3.
Quizás porque asocio a Stiller con otro comediante judío, famoso por hacer películas mediocres como lo es Adam Sandler, o quizás porque después de la última película en la que lo vi protagonizando me quedaron muchas dudas de su trabajo, o quizás simplemente porque el tipo me cae mal, siempre lo pienso más de dos veces antes de arriesgarme a pasar más de una hora viéndole la jeta.
Y es que incluso con el plus de que era el último trabajo de Robin Williams, la idea de pagar por ver a Ben Stiller haciendo el papel de tonto humillado que siempre interpreta, resultaba aterradora. Sin embargo, debido a que la oferta de películas en mi lugar de residencia en este inicio de año ha sido, por decirlo en el menor número de palabras posibles, bastante limitada, resultó imposible evitarla.
«Una Noche En El Museo 3, El Secreto De La Tumba» es la tercera y (al parecer) última entrega de la franquicia de la Noche En El Museo, dirigida por (¡oh sorpresa!) el director de origen judío Shawn Levy. En esta ocasión, Larry Daley (Stiller) ha decidido convertir la magia del museo en un educativo y lucrativo espectáculo de entretenimiento, que al principio funciona a las mil maravillas, pero que luego fracasa rotundamente cuando la tabla mágica que permite a las atracciones del Museo de Historia Natural de Nueva York cobrar vida por la noche, empieza a corroerse sin explicación alguna.
Viendo como se empiezan a extinguir las vidas de los que ahora considera sus mejores amigos, Larry decide ir hasta el Londres para encontrar una solución en el ala egipcia del Museo Británico donde se encuentran los padres de Ahkmenrah (Rami Malek), los únicos que conocen a ciencia cierta el secreto de la tabla. Para esto, Larry contará con la ayuda de algunas de las atracciones del museo de Nueva York, como Theodore Roosvelt (Robin Williams), Jed (Owen Wilson), Octavio (Steve Coogan), Atila (Patrick Gallagher) y de su propio hijo Nicky (Skyler Gisondo), pero cuando las atracciones del Museo Británico despierten, la tarea será mucho más difícil de lo esperado.
Lo primero que hay que decir sobre esta cinta es lo bien escrita que está. A pesar de tener que lidiar con un elevado número de personajes, todos interpretados por actores de buen nivel de reconocimiento, el guión logra entregarle a cada uno su propia travesía dentro de la película y encima de eso, proporcionándoles a cada uno un cierre apropiado, luego de tres entregas.
Resulta sumamente interesante, además de irónico, que una película protagonizada por Ben Stiller cuente con ese ingrediente esencial que al cine en una experiencia única, mismo ingrediente que por más que lo pienso es el que le hizo falta a Interstellarpara arrasar con las críticas y los premios que tanto merecía y ese ingrediente es catarsis.
Mientras que Interstellar no logró que el público se identificara emocionalmente con sus personajes, sin importar que tan buenas hayan sido las actuaciones, Una Noche En El Museo 3, a pesar de que sus actuaciones no fueron especialmente brillantes (sobre todo la de Rebel Wilson), sí logró que el público se conectara con sus personajes logrando al final ese momento de cierre emocional que hizo que valiera la pena comprar la entrada. Nada mal para el último trabajo del prolífico Robin Williams.
Una gran conclusión para una franquicia demasiado ambiciosa para su premisa.
P.D. Mucha atención a Sir Lancelot y a Laa 😀 (¡Ah y a Hugh Jackman!)
Con un primer capítulo que promete permanecer fiel al estilo mostrado en la anterior temporada, HBO estrena la segunda temporada de su polémica serie «Looking» o cómo se conoce también en español «Buscando».
Frankie J. Álvarez, Jonathan Groff y Murray Bartlett. Fotografía de HBO (2015)
Pero a diferencia de lo que se pudiera esperar la polémica con Looking no radica en el qué, sino en el cómo relata las historias de tres homosexuales, en la ciudad más abierta y liberal de los Estados Unidos. Mientras que algunos de los críticos más feroces de la serie, curiosamente de medios orientados al público homosexual como Slate, Esquire y Gawker, la catalogan de aburrida, superficial y «heterosexualizada», otros en medios como Vanity Fair y Collider, la consideran no sólo subestimada, sino también interesante y hasta «esclarecedora».
El asunto con Looking es que se le nota demasiado que no quiere ser el «Queer as Folk» de esta década, es decir una sórdida y absurda telenovela gay, sino una opción si bien no para «toda la familia» (es HBO, por todos los cielos), al menos para un público mucho más extenso que la comunidad LGTBI; y la manera en que quiere lograr esto es mostrando lo normales y corrientes que son las vidas de tres homosexuales en la ciudad mas homosexual del mundo, que a diferencia de lo que personas como el senador Gerlein pudieran pensar, no se trata de drogas, orgías y música electrónica (aunque algo hay de eso), sino de seres humanos que luchan por encontrar aquello que ellos creen que los puede hacer felices. Quizás lo que los críticos más negativos han encontrado detestable en Looking, es enfrentarse al hecho de que la vida LGTBI dejó de ser hace mucho tiempo la excitante, recóndita y desenfrenada travesía de las décadas anteriores, donde sobrevivir era ya un gran logro, sino que es tal y como la presenta la serie, una senda llena de drama y comedia, donde se busca (look) ese punto imaginario donde llama la felicidad. Y quizás es por eso que la serie tiene como protagonistas a hombres mayores de 30 años y no a niños de 18.
Las segunda temporada sigue completamente fiel al estilo de la primera, con la diferencia de que empieza lejos de su fuente de poder, la impecable y condenada ciudad de San Francisco. Semanas después de los eventos en que terminó la primera temporada, lo cuál es bastante extraño porque ya pasó más de un año en la vida real, Dom, Agustín y Patrick han decido salir de la ciudad, para pasar un tiempo en los milenarios bosques que rodean el Área de la Bahía.
Dom (Murray Bartlett) ha conseguido que Lynn les preste su cabaña durante el fin de semana, para ayudar a Agustín (Frankie J. Álvarez) y a Patrick (Jonathan Groff) a asumir sus recientes rompimientos, especialmente de Agustín que se ha refugiado en el alcohol y las drogas. Mientras los chicos (no me pareció políticamente correcto decir «los viejos», aunque lo sean) deciden probar sus habilidades con el remo, se encuentran con una playa nudista al costado del río, donde Eddie (Daniel Franzese) los invita a «La Tierra Prometida» (The promise land). Los chicos son pronto acompañados por Doris (Lauren Weedman) quien también quiere su parte de la diversión.
En «La Tierra Prometida», Dom, Agustín, Patrick y Doris deciden empezar la fiesta tomando éxtasis, lo cuál empieza a bajar las defensas morales de todos. Dom, lleva a uno de los chicos a la casa de Lynn donde da cuenta que su relación con el acaudalado anciano, es cuando menos abierta. Agustín y Eddie deciden tomar un baño nocturno en el río, donde Eddie revela que trabaja en un albergue para adolescentes LGBTI y que es VIH positivo. Doris (según escuchamos después, no lo vemos) consigue a un grupo de fiesteros que la llevan a navegar por el río, topless. Y Patrick, a quien vemos besándose con un desconocido, luego llama a Kevin (Russel Tovey), con quien tiene un encuentro sexual contra el árbol de secoya de 1400 años. Espero que los defensores de los derechos de los árboles digan algo al respecto, porque no se justifica que un árbol que germinó por los tiempos de la peste negra, haya sobrevivido para servir de cama vertical para dos tipos cachondos. En fin.
El capítulo termina con Patrick confesándole a sus amigos que ha pesar de que ha extrañado a Richie (Raúl Castillo, que no aparece en este episodio) en las últimas semanas, ha estado acostándose con Kevin.
El episodio logra el doble propósito de desatar el nudo que dejó la anterior temporada y la de marcar el rumbo para la siguiente. En efecto Patrick y Kevin han iniciado una relación, pero en definitiva basada en el sexo, no en los sentimientos. Dom y Lynn han empezado una relación, también, pero en definitiva mucho menos sólida de lo que se hubiese esperado. Doris y Agustín están listos para empezar sus travesías amoroso-sexuales. Y Patrick, bueno, Patrick, parece empezar a debatirse entre sus sentimientos por Richie y por Kevin. (reservaré mis agudos comentarios sobre Patrick para otra reseña).
Looking, en esta segunda temporada, sigue manteniendo su estética visual, sus buenos diálogos y su buen ritmo narrativo. No es de ninguna manera la quintaesencia de las series de televisión, ni mucho menos, pero cumple excelentemente su misión de entretener y llenar el vacío de su género.