Para Gabriel García Márquez.

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Que pronto te nos fuiste Gabo. Que importa que haya sido a los ochenta y siete, a los noventa y siete o a los ciento siete años; que triste es saber que ya no estás ahí, imaginando esos mundos fantásticos y reales en el que nos hiciste vivir a millones de lectores de todas las edades, nacionalidades y estratos sociales. Era demasiado pronto para acostumbrarnos a la idea de que la muerte diera el zarpazo final y decidiera llevarte para siempre de este mundo tan injusto y arbitrario, pero a la vez tan fantástico y mágico al que le dedicaste cada una de tus palabras.

Nunca me conociste, como tampoco conociste a todos aquellos que inspiraste con tu obra, pero gracias a ti conocí el amor por la literatura, gracias a ti me di cuenta que no hay mayor placer para la mente que abrir un libro y explorar el cosmos inscrito en cada una de sus páginas. Eras ese amigo invisible, ese abuelo imaginario que me leía siempre al salir de clases y antes de dormir, ese maestro que me sacaba de la tristeza y la soledad de mi niñez, para transportarme a otro universo, un universo tan real y tangible como el nuestro, pero donde nada es imposible. Donde una mujer puede morir desangrada por el pinchazo de una rosa, donde pueden llover flores amarillas en medio de un funeral, donde la mujer más hermosa del mundo asciende al cielo en cuerpo y alma, donde se puede encontrar el amor en una hamaca a media noche, en una niña inocente tocada por la desgracia, o en un barco en medio de un río pestilente, luego de 60 años de esperar por él.

Te nos fuiste Gabo y dejaste un vacío enorme en todos tus lectores, en ese niño inquieto que revolviendo gavetas y escalando armarios encontró alguna vez uno de tus libros, y que después de leer la primer página nunca volvió a ser el mismo.

¿Quién soy yo para juzgar tus convicciones? ¿Quién soy yo para reprochar tus ideales? ¿Quién soy yo para criticar las ideas del más grande escritor de la literatura colombiana? ¿Quién soy yo para criticar al hombre que vivió para admirar y disfrutar su cultura? Gabo, naciste en otro tiempo, creciste en otro mundo, te formaste en otra época, tenías una forma distinta de concebir el mundo y sin embargo cada vez que tomo entre mis manos uno de tus libros, o leo como era tu vida cuando tenías mi edad, me doy cuenta que en el fondo no somos tan diferentes. Ambos nacimos con el rumor del mar sobre nuestras cabezas, sintiendo el Caribe en cada gota de sangre; nunca te dejaste engullir por la flema de los Andes y siempre fuiste fiel al lugar donde naciste, recibiendo el más grande galardón en la historia del arte colombiano vestido de guayabera y no de frac.

Cada vez que me animo a recorrer mi Costa Caribe y veo las enormes ciénagas de la Mojana, las construcciones coloniales de Cartagena, las viejas casas estrechas en Sincé, las infinitos campos cultivados de banano en el Magdalena y el sol reflejado en la arena del desierto de la Guajira, veo con mis propios ojos lo que tú viste: un paraíso lleno de belleza, condenado para siempre por las vicisitudes de la historia.

La muerte es infalible, Gabo, pero ten por seguro que tu obra y tus personajes vivirán eternamente en los millones de personas que han leído, leen y leerán tus obras hasta ese día no tan lejano en que un huracán bíblico nos borre para siempre de la faz de la tierra, porque las especies que buscan su propia destrucción no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.

Para Mi Mamá.

Ni siquiera sé por donde empezar a agradecerte. Quizás debería empezar por el hecho más relevante de todos: gracias por traerme al mundo y permitirme ver lo maravillosa que es la vida.

Gracias por cuidarme, por quedarte despierta cuando tenía fiebre, por tratar de calmarme cuando el dolor me hacía llorar, por sentir lo que yo sentía. Gracias.

Gracias por soportarme, y créeme que sé que no es una tarea nada fácil, porque si hasta a mí mismo me cuesta trabajo, sólo puedo imaginar lo que ha sido para ti aguantar tantas pataletas y tantos berrinches y tantas estupideces juntas que he cometido tantas y tantas veces.

feliz madres

Gracias por preocuparte, por pasar toda una tarde con un cinturón en la mano para que me aprendiera las tablas de multiplicar. Por defenderme cuando alguien me atacaba injustamente. Por mirar más allá del presente y pensar en mi futuro.

Gracias por alimentarme, por vestirme, por estar allí, aún cuando te sentías cansada o enferma. Perdóname por no pensar en ti, cuando he debido hacerlo. Perdóname por todas las palabras que no debí decirte y por todas aquellas que quedaron pendientes.

Gracias por enseñarme a ser responsable, a ser fuerte, a ser independiente. Gracias por todas las lecciones que me diste. Por enseñarme que para superarse en la vida no hay límites, aún cuando todo parece estar en nuestra contra. Por mostrarme que aún cuando todo parece estar en nuestra contra, cuando nos tratan con injusticia o con rencor, siempre hay una luz de esperanza más adelante.

Sé que no ha sido fácil desde el principio y yo no te hice las cosas más sencillas. No he sido el mejor hijo del mundo, pero créeme que siempre intento hacer lo correcto, tal y como tu me enseñaste, tal y como siempre te vi, echando para adelante y sin mirar atrás.

Te quise dar las gracias de la única manera en la que puedo hacerlo ahora, con estas palabras que me salen del corazón y del alma y que no alcanzan a expresar lo mucho que te quiero y lo mucho que significas para mi. Cada momento y cada instante que hemos estado juntos como familia no lo cambiaría por nada en el mundo.

Te deseo el mejor Día de las Madres y espero que el próximo año y todos los que siguen podamos compartir estas fechas juntos. Que Dios te bendiga muchísimo y te recompense por todo lo que has hecho por nosotros tus hijos.

GRACIAS MAMI.
FELIZ DÍA DE LAS MADRES.

Carta Póstuma a Hugo Chávez.

Dicen que tu vida se apagó un martes de marzo, en plena cuaresma, a mitad de la tarde; que antes de morir tus ojos pudieron ver desde lejos el verde de las colinas de tu querida Caracas, aquella selva de cemento y esperanzas que tantas veces se movió para demostrarte tu apoyo, para cubrirte la espalda, e incluso también para contradecirte, aunque tu no quisieras escucharlos.

¿Habrás muerto allí Chávez? ¿O acaso perdiste la vida lejos de allí, cerca de los vestigios coloniales de La Habana, de los hoteles de lujo legados al pueblo? ¿Fue así, Chávez? ¿Acaso tu planeaste todo? ¿Previste el fin de tu tiempo en la tierra y decidiste actuar, comprándole tiempo a tus aliados? ¿Fue así Chávez? ¿O ni siquiera estabas consciente de lo que ellos hacían en tu nombre?

Te fuiste, sin despedirte, porque pensaste que regresarías, en pie y fuerte, como siempre… pero hay algo que tus seguidores y tus aliados nunca te enseñaron… que en la vida también se pierde y que la batalla más grande no son contra imperios de fantasía o contra conspiradores ocultos en las paredes, sino que la batalla más grande y la que estamos más propensos a perder es la que tenemos día a día con nosotros mismos… con nuestro cuerpo… con nuestro corazón.

Te respeto Chávez, a tu modo fuiste grande y dejaste tu huella impresa en la mente de millones de personas, fuera y dentro de tu país. Se que no eras el villano de la historia, o al menos se que no te gustaba creer eso. Creías ser el héroe, el defensor de los indefensos y el protector de los desamparados. ¿Pero a que costo lo hiciste? A costo de tu propia cordura… de tu prudencia, de tu inteligencia…

¿Dónde estaban esos enemigos que decías danzaban a tu alrededor esperando el momento propicio para destruirte? ¿Dónde estaban tus amigos, por los que dejaste de ayudar a los tuyos para regalar la riqueza de tu patria? ¿Dónde? ¿Los viste preocupados por ti, o por el dinero de tu país? ¿Los considerabas tus amigos?

¿Por qué nos hiciste tanto daño? ¿Nos odiabas por no aceptarte, como todos lo hacían? ¿Por haber elegido un camino diferente? ¿Por eso querías probar con nosotros, con Colombia, tu país hermano, tu capacidad para destruir, para combatir para pelear…?

Te sentaste en tu trono y nadie te pudo quitar, pero te quedaste sólo sospechando que al final, cuando todo acabara terminarías muerto y tus ideas se destruirían a si mismas, al igual que tus seguidores y amigos fieles, de aquellos que sabías estaban contigo sólo para comer de las migajas que caían de tu mesa, de los que te sonreían por delante, pero que en secreto deseaban lo que te sucedió hoy.

¿Te daba miedo el olvido? ¿O la muerte? Sólo el tiempo dirá si lograste derrotar el olvido, porque hoy la muerte te ha dado una lección, al igual que Dios lo hizo alguna vez cuando decidiste desafiar Su poder y las tormentas tocaron tus costas… no importa lo poderoso que seas, a quienes has ayudado, a quienes has lastimado, a quienes has insultado, amado, querido, odiado o vituperado… de la muerte no podías escapar.

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Te fuiste Chávez y con tu partida dejaste la duda de lo que sigue ¿Será la muerte en un caballo blanco galopando sobre la sangre de tus coterraneos? ¿O será la esperanza flotando por los aires de un nuevo país donde el cariño no esté condicionado a tus ideas?

Te irás, acompañado de miles, de aquellos a los que llegaste, de aquellos a los que sacaste del olvido… pero aún así ten en cuenta que los mejores hombres del mundo nunca  discriminaron a nadie, algo que tú en tus resentimientos si hiciste.

Es hora de que termines tu paso en la tierra, donde rompiste todas las expectativas y dónde demostraste que aún en el paraíso de la desigualdad es posible llegar a lo más alto. Es hora de decirte adiós para siempre en medio de las lágrimas de aquellos a los que amaste y en la alegría de aquellos a los que humillaste hasta la voz no te dio para más.

Quizas fuiste un gran hombre, pero nunca fuiste un buen presidente, si me equivoco o si por el contrario te equivocaste tú, eso es algo que la historia decidirá dentro de muchos años, cuando ya de nuestros cuerpos sólo queden…. los huesos. Y en tu caso… los recuerdos.

Una Llamada Perdida

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Hace unos minutos me levanté y lo primero que hice fue mirar mi teléfono: 3 llamadas perdidas. Tal vez el jarabe para la tos me provoca demasiado sueño o tal vez el sueño retrasado de las últimas noches en vela me ha vencido. ¿Que hago? Tengo ganas de hablar contigo, pero he quedado sin saldo y aquí no consigo donde recargar, mucho menos hoy un Domingo.

Salgo un momento a comprar algo que comer, caminando voy pensando en todos los errores que he cometido en el pasado y que ahora no estoy dispuesto a cometer contigo. Te quiero y lo sabes. Regreso y veo el teléfono. Una llamada perdida. Una sola. Otra vez no he podido escuchar tu voz.

Quiero escucharte, así por lo menos me das fuerza para resistir el tiempo que haga falta para verte. Debo tener paciencia. Debemos tener paciencia, el tiempo es un contrincante fuerte y cruel, pero no para mi, y espero que para ti tampoco. Me gusta cuando me llamas, me gusta cuando te llamo, me gusta escucharte y sentir que piensas en mi, que te acuerdas de mi, de la misma forma en que yo siempre te tengo en mi mente y por lo que te dedico estas palabras.

Tal vez cuando leas esto ya habremos hablado y ya habré escuchado tu voz, pero mientras tanto me conformo con hablarte por aquí, como rompiendo el silencio que nos separa, superando la distancia, negociando con el tiempo. Ten seguridad. No hay momento en que no desee escucharte y mucho más, no hay momento en que no desee estar contigo.

Para Cuando Leas Esto

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Para cuando leas esto, ya estarás a cientos de kilómetros, lejos de mi. Una distancia que sabíamos que era grande, pero que la podíamos superar.

Quiero que sepas que disfruté cada segundo junto a ti, ha sido de las mejores experiencias de mi vida, sentir como me siento cuando estoy contigo, como a pesar de ser diferentes, estamos sincronizados, como ver que a pesar de tanto tiempo dando tumbos y estar esperando por fin te encontré.

Quería expresar todo esto así, con palabras, porque tal vez con mis acciones doy a entender muy poco, pero se que viste mucho más allá y también se que me puedes entender.

Cada momento contigo se ha quedado impreso en mi mente, así haya sido un baile, un trago, un patacón, un jugo, un ceviche, una foto, un paseo, una película, todo hace parte de mi, y lo mejor es que también hace parte de ti.

Has traído felicidad a mi vida, una felicidad que no sabía si algún día podría encontrar. Tal vez no tengo mucho para darte, pero al menos te puedo regalar estas palabras, que salen desde el fondo de mi corazón y son sólo para ti.

Sólo me queda decirte que sí, te quiero, y te tengo en mi corazón y que cada segundo que pasa no hago sino extrañarte mucho más.