Viajes X: Maracaibo, Zulia y 10 Recomendaciones Para Viajar a Venezuela.

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Amanecer en Maracaibo

En mi interminable lista de proyectos sin finalizar, hace un año decidí escribir una reseña sobre mi travesía a Venezuela con el nombre de «Mi Corta Travesía Por Venezuela: Parte 1» con el firme propósito de escribir una segunda parte en lo sucesivo para relatar mis experiencias en el vecino país, pero por alguna razón no pude escribirla, aunque tengo mis serias sospechas.

Algo que he aprendido con mi proyecto de Reseñas X, es que darle un nombre a una columna no sólo agiliza, enfoca y facilita su escritura, sino que además le proporciona una motivación adicional a la hora de enfrentarse a la página en blanco. Con todo esto y el hecho de que tengo varios viajes pendientes que no he reseñado en mi blog, empiezo con Venezuela este nuevo proyecto que titulo «Viajes X», asumiendo que no han leído ninguna de mis anteriores reseñas sobre viajes.

Hay algunas cosas que debe saber un colombiano antes de que se les ocurra irse a pasar unos días o una temporada al vecino país, algunas ampliamente conocidas por el cubrimiento que hacen los noticieros y otras no tanto:

1) Los colombianos podemos entrar a Venezuela únicamente mostrando el pasaporte… cosas de la UNASUR, que al menos ese bodrio que se inventó Chávez sirva para algo.

2) Pero las cosas no son TAN bonitas como parecen, todos los turistas, viajen por tierra o por aire, deben portar una carta de invitación personal emitida y notariada en Venezuela por un ciudadano venezolano, o de lo contrario, un voucher donde conste la reserva del hotel en Venezuela y hasta el boleto de regreso.

3)… Pero, si usted viaja a una ciudad fronteriza es posible que no le exijan tanta maricada y en cualquier caso siempre podrá sobornar a algunos de los funcionarios del SAIME (inmigración venezolana) para que lo dejen pasar sin ningún problema.

4) El pasaporte se debe sellar primero en Inmigración Colombia, donde (en Paraguachón al menos) hay aire acondicionado, varios funcionarios y la cola es mínima. Luego debe sellar en el SAIME (Inmigración Venezolana) en una cola interminable, donde sólo sella un funcionario. Recuerde que se gana MEDIA hora cuando se cruza la linea fronteriza.

5) La tasa de cambio oficial no existe en la práctica. Es decir, usted debe cambiar los pesos que quiera gastar en Venezuela a Bolívares Fuertes antes de cruzar la frontera, se dará cuenta que el cambio no oficial es muchísimo más favorable y teniendo en cuenta la inflación descomunal de la divisa venezolana parecerá que usted es millonario.

6) Ahora, con tanto billete, asegúrese de ubicarlo estratégicamente en su equipaje o en su ropa interior o en sus zapatos, de tal manera que los funcionarios del SAIME o la policía de carreteras no vean la cantidad que usted lleva. Ahora, en ese mismo orden de ideas, asegúrese de llevar al menos 5000 Bolívares Fuertes en el bolsillo en caso que le toque pagar un soborno. Recuerde que los venezolanos todavía tienen el bolívar viejo en la mente, y por eso a 5000 bolívares, le dice CINCO MILLONES… aunque no alcance para mucho.

7) Trate de viajar entre las 5 de la mañana y las 5 de la tarde, los caminos fronterizos entre Colombia y Venezuela están llenos de vándalos que suelen atracar a altas horas de la noche, a quien se atreva a meterse en esos recovecos.

8) Tenga cuidado con lo que lleva y sobre todo con lo que trae de Venezuela, no querrá quedar metido en un lío de padre y señor mio, por cuenta de un paquete de harina y un pote de alimento para bebé. Así que mucho ojo.

9) En Venezuela todo el mundo tiene carro, debido al hecho de que la gasolina es tan barata que hasta los modelos 1920 que consumen combustible como putas en celo, resultan rentables. Este hecho también significa que todo el mundo maneja enseñado por el papá, el tío, o el abuelo. No se sorprenda de la cantidad de accidentes que vea en el camino.

10) Cuando llegue a una ciudad en Venezuela (al menos en Maracaibo) tiene dos opciones para transportarse, una el transporte público en unos buses que debieron salir de circulación desde los tiempos de Amparo Grisales y que viven atestados de gente… o tomar un taxi, pero ¡Oh sorpresa! allá los taxis no son amarillos, ni blancos… allá son de todos los colores e imposible distinguirlos de los demás salvo por cualquier triste letrero de cartón detrás del parabrisas. Eso sí, allá el taxi es POR PUESTO, no por carrera… a menos que usted esté dispuesto a pagar los cuatro puestos, lo cuál con el cambio que tenemos, lo puede hacer sin ningún problema.

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Camino entre Maicao y Maracaibo.

Luego de dar estas recomendaciones, hablaré un poco del viaje en sí. Maracaibo está a unas once horas de Barranquilla, de las cuales ocho se gastan viajando hasta Maicao, y tres entre los sellos y el viaje a Maracaibo. El paisaje de entrada es bastante menos refinado que la Súper Venezuela que veíamos en las telenovelas de los noventas. La zona de frontera se nota bastante deprimida, incluso en relación con su contraparte colombiano que no es que sea la octava maravilla y se comprende por qué de entre semejantes recovecos sale tanto bandido. El paisaje es desértico, como en toda la Guajira, aunque es bastante notorio que siempre hay viviendas en el camino, o por lo menos hasta la entrada del Río Limón, que es un puente enorme, al que parece que no le hicieran mantenimiento hace lustros.

Con todo y las décadas de bonanza petrolera y luego de revolución chavista, las carreteras en Venezuela no están mejor que en Colombia, la vía desde Paraguachón hasta Maracaibo es de dos carriles, muy pobremente señalizados lo cuál hace que viajar de noche sea un completa pesadilla. El transporte desde Maicao hasta Maracaibo se puede contratar en el terminal, diría yo que por unos 700 Bolívares Fuertes, pero como eso se devalúa cada segundo, quien sabe cuanto costará ya. Por lo que es mejor averiguar.

Maracaibo es una ciudad diferente a las que estamos a acostumbrados en Colombia, primero porque se nota que hubo planeación y en segundo porque está hecha para carros, no para peatones. Es una ciudad enorme, por lo que recorrerla a pie está más que descartado. Además de que corre el riesgo de que se lo coman en una de las esquinas. La comida es parecida en la sazón a la colombiana, pero con otros ingredientes… pero en general es comestible.

Los centros comerciales, son mucho menos impresionantes que los colombianos y las tiendas que no están reguladas por el control de precios, tienden a tener precios similares a los que se encuentran en nuestro país, quizás un poco rebajados. Quizás se sorprenda con el precio de los medicamentos y la comida, pero debe tener mucho cuidado con lo que se atreva a comprar para traer a Colombia. Recuerde que el precio del contrabando es la cárcel. Así sea de una gaseosa.

Otra cosa que debe saber es que en Maracaibo, y hasta donde pude ver en todo Venezuela, no existe eso de atención al cliente. A los negocios les da exactamente lo mismo si usted compra o no, y hasta parece que les molestara que la gente lo haga, tratando mal a los potenciales clientes. Con todo eso, Maracaibo tiene buenos sitios para el turismo, como la zona de El Lago de Maracaibo y la Iglesia de la Chinita, muy popular entre los no residentes. También, si es posible pida un paseo por el Puente que cruza el lago, que es una joya de la construcción en América Latina… también, sino le tiene miedo a los ladrones y a que lo denuncien por contrabando puede explorar el mercado central.

Así mismo la oferta gastronómica es interesante tanto en comidas típicas como en comida chatarra… para todos los gustos. Es en resumen una ciudad que se puede disfrutar si se tiene cuidado y se acatan las recomendaciones. Y lo mejor, está cerca.

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10 Lugares Que Quiero Conocer Antes de Morir.

Listas de lugares por conocer «antes de morir», existen muchas, demasiadas quizás, todas o la mayoría incluyendo alguna playa extraordinariamente hermosa en la mitad del Océano Pacífico, pero para mi, que nací cerca del mar, de un paraíso tropical  de belleza incomparable, una playa no es que sea lo que más me apetezca. He decidido hacer una lista de 10 lugares a los que definitivamente quiero ir y conocer, recorrer, explorar, sentir, ver, oler y degustar, antes que el tiempo o el azar decidan arrancarme de este mundo para siempre.

10. Nueva York – Estados Unidos de América.

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Nueva York.

¡Por favor! ¿Quién no quiere ir a la ciudad que por décadas ha sido proclamada la «Capital del Mundo»? La ciudad que el cine se ha encargado de destruir y reconstruir miles de veces,  que tantos desastres ha aguantado en la ficción y a la que la tragedia tocó un lejano Martes de Septiembre. ¿Cómo no querer conocer esa ciudad que nunca duerme?

9. San Francisco – Estados Unidos de América.

«Una ciudad que se declara invadida por una ola de calor, cuando los termómetros llegan a 21ºC» fue una frase que encontré en un libro hace tiempos, una ciudad donde el tranvía no es sólo una atracción turística, una ciudad con enormes y empinadas colinas, de frente a un Océano que resplandece justo al atardecer.

8. Leticia – Colombia.

Y no todo lo que quiero conocer está fuera de mi país, un lugar que me intriga por ser el último rincón de Colombia, donde convergen tres países, tres culturas, en medio de la inmensidad del río y la selva.

7. Auckland – Nueva Zelanda.

El reino escondido de los Maorís, en medio de montañas nevadas, llanuras escarpadas y océanos lejanos, donde la fantasía parece fundirse con la realidad. Donde las palabras suena familiares y crees poder entenderlas sólo para rendirte, quizás, en el primer intento.

6. Las Islas Falkland – Reino Unido.

El centro de la discordia, en medio de un mar de hielo, focas y pingüinos. Sería interesante ver como viven allí, tan cerca de América Latina, y a la vez tan lejos.

5. Reikiavik – Islandia.

Frío, el paraíso de la justicia social, la Coca Cola y los glaciales… un lugar donde el fuego y el hielo conviven como si fueran viejos amigos, dándole un hogar a un pueblo pacífico y diferente de la calidez tropical en la que crecí.

4. Petropavlovsk-Kamchatsky – Rusia

En el extremo oriental de Rusia, tan cerca de Japón, y con los restos de la Unión Soviética aún vivos y respirando, un sitio al que sería interesante ir en ese tren Transiberiano del que se cuentan tantas historias, al que hay que dedicarle tiempo, paciencia y dinero.

3. Kiruna – Suecia.

Donde la noche y el día pueden durar semanas, donde las auroras boreales danzan en el cielo y esa palabra «Paraíso» empieza a tener sentido.

2. Tokyo – Japón.

Esa ciudad que he visto desde niño, plasmada en dibujos animados, donde el futuro parece haber llegado hace décadas, y donde el pasado vive en la índole de sus habitantes. Donde los cerezos dan un espectáculo maravilloso primavera tras primavera.

1. Seattle – Estados Unidos de América.

Alguna vez me preguntaron por qué querría ir yo a una ciudad que no tiene nada de interesante… respondí que quizás los ferries, los cielos encapotados, la aguja especial… no sé, siento algo magnético en esa ciudad en la que nunca he estado y no sé explicar por qué. Quizás, cuando este allí, lo pueda comprender.

Mi Corta Travesía Por Venezuela (Parte 1).

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Foto de Nelson Izquierdo (Neddy).

El volumen de mi equipaje lo decía todo. Un morral y un tubo portaplanos negro, demasiado grande para su contenido indicaban que definitivamente no me iba a quedar mucho tiempo del otro lado de la frontera. Había tenido que arreglar todo a las volandas. Rodrigo, el compañero de trabajo que me guiaría hasta mi destino final en Venezuela había decidido adelantar su viaje 24 horas, así que faltando 2 horas para la salida del bus me tocó organizar todo a las carreras. Metí en el morral los 3 cambios de ropa que podía necesitar, los documentos pequeños en una carpeta de trabajo, y los grandes en el enorme tubo plástico, demasiado grande para su labor.

Llegué al terminal de transportes donde Rodrigo y su esposa me esperaban. A diferencia de mi escueto equipaje, el de ellos era impresionante. Además de los bolsos de mano, llevaban maletas, cajas y sacos, perfectamente cerrados y amarrados y listos para la travesía. La esposa de Rodrigo estaba muy entusiasmada y apenas me senté a su lado, temeroso y excitado por la perspectiva del viaje, empezó a recitarme la larga lista de recomendaciones para el viajero colombiano promedio al vecino país: que si llevaba el pasaporte, que los sellos, que los carros, que el cambio, que si la mercancía… en fin un cúmulo de consejos prácticas que ella había tardado más en decir, que yo en olvidarlos.

Subí al bus con mi reducido equipaje y conseguí un puesto los suficientemente cerca para ver a Rodrigo y a su esposa, pero lo suficientemente lejos como para no tener que alargar las convenciones sociales de las conversaciones entre conocidos, y echarme de una buena vez a dormir. Para ser un viaje nocturno, dormí bastante bien, un sueño apenas interrumpido por las pausas esporádicas en los peajes y los terminales de transporte de todas las capitales de la Costa Caribe Colombiana, que se levantan en el camino entre Sincelejo y Maicao. Pero luego de salir de Riohacha, no pude volver a dormir.

Era aún de madrugada, y el sol estaba aún lejos de salir, pero el sólo hecho de ver que el verde intenso que acostumbro a ver por la ventana, había desaparecido, dando paso a un marrón rojizo, interrumpido apenas por un puñado de plantas espinosas me hizo poner los pies en la tierra: estaba a punto de salir de Colombia por segunda vez y no había vuelta atrás.

El terminal de Transportes de Maicao es igual de caótico y desordenado que el resto de terminales que he visto en Colombia, pero ya desde allí se podía percibir la frontera, tangible y concreta, desde los acentos extraños, pasando por los gritos de los mercaderes de divisas, hasta el de los chóferes que prometían ponerte en Venezuela a un módico precio.  Estaba tan fascinado viendo el espectáculo alienígena, que apenas si pude recordar que había dejado mi tubo portaplanos en el bus y apenas si pude recuperarlo.

Lo primero que me indicó Rodrigo era la manera de cambiar el dinero. Me dijo que preguntara en varios lugares, para hacerse una idea del precio estándar y luego de allí pedir rebaja. Conseguimos un buen precio, o por lo menos lo que yo consideré que era un buen precio, 35 pesos por Bolívar Fuerte, por lo que el millón de pesos que llevé se transformó en 30.000 Bolívares o como me dijo Rodrigo «30 Millones de Bolos«. Como la máxima denominación del Bolívar es el billete de 100, el volumen del dinero era impresionante y más cuando la palabra «millones» aparecía de un momento a otro.

No salimos de inmediato a Venezuela. Esperamos en el terminal a que llegaran los familiares de Rodrigo en Venezuela, quienes le traían su pasaporte. Me explicaron que Rodrigo había dejado su pasaporte en Venezuela para que en inmigración no hubiese rastro de su salida del país, lo que para efectos legales quería decir que él y su esposa llevaban más de dos años viviendo en Venezuela y de esa manera acceder a la ciudadanía venezolana, que era uno de los propósitos de su viaje. No fue difícil imaginar por qué tenían tantas ganas de ser venezolanos, en el viaje hasta «La Raya» (como conocen a la linea fronteriza) me contaron que el gobierno está regalando viviendas; y un patrimonio, así sea en el ojo del torbellino de la inestabilidad como es Venezuela es peor que nada. Y pues, también, aún con todos los problemas que hay allí, los venezolanos puede viajar a casi todo el mundo sin necesidad de visa, no como nosotros aquí en Colombia.

Por cuenta del cierre de casi una semana por las elecciones regionales, hubo que hacer una fila monstruosa para cruzar hasta el otro lado. Ya estaba en Venezuela, en un carro que compartía con tres señoras, una de ellas prima hermana de Rodrigo que tenía casi 50 años de residir en el hermano país. Pero antes de seguir tenía que sellar, es decir registrar mi salida de Colombia y mi entrada a Venezuela. Para agilizar los trámites, le entregue al chófer el equivalente a $40.000 colombianos, error de novato, cuando el precio real, como supe después, es el equivalente apenas a $10.000. El conductor regresó con mi pasaporte sellado en ambos servicios, por lo que no tuve ni que bajarme del carro.

A pocos kilómetros de «La Raya», Rodrigo y su esposa decidieron comer algo, por lo que el carro en el que yo iba, también se detuvo en un negocio donde el chivo y la Coca Cola estaban a la orden del día. Fue allí donde entendí un poco más de la índole de la gente del otro lado de la frontera. A pesar de que sólo conocía a la prima de Rodrigo, las otras dos señoras me trataron como un viejo amigo, compartiendo su comida conmigo y siempre tratando de darme consejos para que mi estadía en SU país fuera de mi agrado.

Foto de Jorge Amin.
Foto de Jorge Amin.

Luego empezó el viaje hasta Maracaibo, un camino que definitivamente me mostró que ya no estaba en la comodidad de mi país. Para empezar la carretera carecía de las clásicas lineas amarillas y blancas, de hecho no había nada que señalara si era peligroso adelantar o si era mejor quedarse quieto. NADA. No había señalización, ni marcas de velocidad máxima, ni kilómetros faltantes, ni tacos reflectantes, nada. Y para colmo de males, el carro en el que yo iba tenía un serio problema con las luces; sumado eso al hecho que el tráfico estaba pesadísimo por la apertura de la frontera, me hizo comprender que la cara de la prima de Rodrigo no era de fastidio sino de ira.

Las señoras hablaban de puntos de referencia, que por supuesto yo no entendía, que el puente, que el río, que San no se qué, que Villa no se que otra cosa… y yo viendo por la ventana sin distinguir nada más que las luces de las viviendas en la oscuridad de la noche. Llegamos a Maracaibo a eso de las 8 de la noche y la prima de Rodrigo me llevó hasta su casa, donde ya estaban Rodrigo, su esposa, la hija de su prima y su esposo, quienes habían salido en su carro a la misma hora que nosotros. Les agradecí por todo, pero les pedí que me dejaran en un hotel, estaba molido por el viaje y necesitaba descansar. Aún tenía mucho que hacer en Venezuela al día siguiente.

Antes Del Amanecer

Dormí muy poco aquella noche. Me había ido a dormir temprano, más por el cansancio residual por la falta de siesta aquél día, que por las ganas de madrugar. De haber sido por mi, quizás no hubiese dormido esa noche.

Me desperté a las 2 de la mañana y no pude volver a pegar el ojo, la ansiedad que tenía me lo impedía. Faltaban menos de 10 minutos para las 3, cuando me levanté de la hamaca, decidido a dejar todo listo. Dos maletas, una grande y una pequeña; Dos cajas, una con una mesa desarmable y otra con un televisor; Dos morrales, ambos de color naranja, eran todo el equipaje que debía llevar. Ah y la mesita de largo modificable que sirvió de soporte, primero para mi computador portatil y luego para el televisor. Aún no había terminado de empacar.

Luego de bañarme y empacar la ropa que me había quitado, era hora de descolgar la hamaca y empacarla; como ya las maletas estaban repletas y selladas con tanta cinta adhesiva como me atreví a colocar, la metí dentro del morral más grande, de tal manera que envolviera otras cosas y ocupara menos espacio. Me costó trabajo hacer aquello último. Era en aquella hamaca donde había pasado gran parte de mi tiempo en los últimos meses y casi se podía decir que era el único mueble que había en el apartamento, porque muy pocas veces utilizaba las sillas, salvo para adelantar trabajo, lo cuál hacía con poca frecuencia.

Finalmente, a las 3:20 todo estaba listo y empacado. Saqué la motocicleta a averiguar si ya había transporte. Di la vuelta por el pueblo, vacío a aquella hora nefasta y para mi sorpresa el local estaba abierto. Era hora de seguir con mi plan. Las 3 cuadras que separaban mi casa del sitio de los transportes, hacían una tarea titánica llevar el equipaje por mi mismo. Afortunadamente había hablando con un carretillero la tarde anterior y a esa hora lo llamé. Mi equipaje se veía voluminoso, pero no tanto como debía ser, puesto que el día anterior me había deshecho de un armario, un escritorio y una silla.

Me dio tiempo de amarrar el morral más grande a la parrilla de la moto y colgarme el más pequeño a mis espaldas. Tenía puesta la chaqueta y el casco en la mano izquierda, aditamentos necesarios para no achicharrarme con el feroz sol tropical que estaba a punto de salir. Y me quedé esperando, pensando en todas las cosas que había hecho y dejado de hacer y sobre todo en el camino que tenía por delante.

El carretillero llegó unos 15 minutos después, minutos que parecieron eternos, el se llevó el equipaje y yo salí por el otro lado en la motocicleta; las maletas y las cajas (y la mesa) estaban ya esperando a ser ubicadas en el vehículo, y aún no eran las 4 de la mañana, decidí esperar un poco, al menos hasta cerciorarme de que ninguno de mis objetos se iba a quedar allí.

Finalmente a las 4:30 decidí poner marcha. Nunca había viajado confiado apenas en las luces de la moto, siempre lo había hecho confiando en el tenaz sol tropical, que estaba a minutos de salir por el oriente. Iba mucho más despacio de lo que lo hubiese hecho a plena luz del día, pero avanzaba bien y no debía ir tan despacio, porque el vehículo en el que iban mis equipajes aún no me sobrepasaba, finalmente cuando vi en un lado del horizonte el primer indicio de claridad, tuve un curioso problema.

La oscuridad y la neblina, hacían imposible que usara el visor del casco, pero unos diminutos insectos suspendidos en el aire, parecían querer meterse dentro de mis retinas. Tuve que bajar mucho más la velocidad, y fue entonces cuando apareció en el horizonte la imagen más hermosa que hubiese visto en mucho tiempo. El sol empezaba a aparecer en el horizonte y su reflejo se veía nítido sobre la capa de neblina, como si hubiese dos soles puestos una al lado de la otra. Irónico que aquel mismo sol al que le tenía tanto debía protegerme, pudiera brindar un espectáculo tan hermoso a aquella hora. Y entonces supe que había valido la pena todo aquello.

Los kilómetros que siguieron estuve más concentrado en enfurecerme con los vehículos que me obstaculizaban y en seguir adelante, al fin y al cabo, al final de camino no sólo me estarían esperando mis maletas, sino también … mi hogar.

Santa Marta: Una Joya En El Caribe.

Habiendo conocido los siete departamentos de la Costa Caribe Colombiana (Atlántico, Bolivar, Cesar, Córdoba, La Guajira, Magdalena y Sucre) con sus respectivas siete ciudades capitales, puedo decir, sin ningún asomo de duda que Santa Marta no sólo es la más hermosa de las siete, sino que le gana a las demás por un margen tan amplio como la longitud de las playas de la bahía más hermosa de América.

He tenido la fortuna de visitar Santa Marta en varias oportunidades, siempre por espacio de varios días. La belleza de la ciudad empieza por algo de lo que las otras capitales caribes carecen por completo: naturaleza. Santa Marta se ubica entre las estribaciones de la Sierra Nevada homónima y la amplitud sin limites del Mar Caribe. Por un lado vemos siempre las formaciones montañosas que coronan la ciudad y la adornan con un esplendor que ninguna muralla hecha de piedras viejas puede siquiera imitar.

El Mar Caribe, chocando con las enormes piedra, como huevos prehistóricos como lo dijo Gabo en su obra, se torna majestuoso en torno a la ciudad, una ciudad que no es una sino muchas. Desde la nación de pescadores de Taganga, pasando por el histórico centro de la ciudad, hasta las torres de «El Rodadero» y la ciudad aplastada, como le llamo yo, o sea el cúmulo casi inagotable de hoteles que se extiende como un gusano sin fin tratando de quedarse con el mejor sitio para tomar el sol junto a la bahía.

Santa Marta es bella de una manera natural y moderna, mucho más bella que Cartagena, mucho más moderna que Barranquilla, mucho más agradable para todos, para los turistas, para los que nacieron allí, para los que llegaron de las montañas del interior a quedarse allí para hacer fortuna y se terminaron quedando para siempre.

La extensión del Parque Nacional Tayrona completa la multidimensionalidad de la ciudad, en un lugar que mezcla el pasado, las raíces indígenas, la ecología y el turismo. Este Parque, que debería conservarse como una reserva forestal y ecológica se ha convertido en los últimos lustros en una foreigners’ bitch, tal como lo escuché de un turista indignado, la prostituta de los extranjeros. Quizá se le olvidó al turista que no era solamente de los extranjeros, sino también de los nacionales. Personalmente no estoy de acuerdo con el manejo que se le da actualmente al parque, que se ha convertido en una especie de hotel donde el mar y la vegetación terminan sirviendo como retretes y contenedores de basura.

Ese es quizá el único punto negro de la Santa Marta que conozco, una ciudad tan única como sus playas, sus cerros verdes, sus torres, sus malecones, sus calles viejas y nuevas, su ferrocarril, su parque, una ciudad a la que vale la pena ir una y mil veces, una ciudad donde convergen muchas de las cosas hermosas y positivas de nuestro país, un verdadera joya en el Caribe.