Finalmente llegó el día en que Colombia elija a sus senadores, representantes a la Cámara, representantes al Parlamento Andino (aunque esa vaina no sirva para nada) y el candidato a la presidencia por la Alianza Verde, y Google ha decidido no pasar la fecha por alto cambiando su tradicional logo, por un doodle que celebra la jornada democrática que se celebra hoy en el país.
«Doodle» elecciones legislativas, Colombia 2014.
Creo que deberíamos contagiarnos del espíritu que patrocina Google y participar activamente en esta jornada, sin importar cuál sea su intención de voto. Aprovechemos que tenemos el derecho de elegir y respetemos las opiniones e ideologías de los demás; que otros piensen diferente a nosotros no significa que sean nuestros enemigos. Adelante y a votar.
Desde hace 10 años, momento en que escuché por primera vez la palabra «Linux» y comprendí sus ventajas y desventajas, he estado intentando trabajar con uno de los múltiples sistemas operativos que componen su vasto ecosistema. En dos oportunidades instalé en mi computador de escritorio, el popular sistema operativo de Canonical basado en Debian, Ubuntu, pero en ambas oportunidades me vi en la obligación de regresar al sistema operativo de Microsoft en vista de la complejidad intrínseca con el sistema y a la poca colaboración de esa comunidad, que en las oportunidades en que quise preguntar y hablar sobre el tema lo único que recibí fue insultos.
Desde entonces, y en parte debido a la pésima experiencia tanto con el sistema como con la comunidad, no había vuelto a contemplar la idea de utilizar un sistema del ecosistema Linux. Cabe aclarar que desde hace casi 3 años soy usuario de Android de Google, que algunos consideran parte de ese ecosistema, pero en otro post dejé perfectamente claro que Android tiene de Linux, lo que los latinos tenemos de españoles… es decir, nada que sea en realidad importante.
Pero hace un par de semanas, decidí reconsiderar utilizar un sistema operativo «libre» para el viejo computador de escritorio que aún poseemos en casa. El computador, como muchos de los computadores clones de hace un par de años, suele tener problemas con la capacidad a la que los somete su conexión de red, lo cuál se traduce en que constantemente se «traba» o se «bloquea», llegando a un punto en que solía apagarse por completo. La cuestión empeoró cuando por alguna razón, un adware se filtró en el sistema lo que dificultaba el trabajo en el equipo. Era hora de considerar un cambio de sistema operativo.
La opción fácil era formatear el sistema y volver a instalar Windows, pero eso requeriría comprarlo o instalarlo sin los debidos permisos, lo cuál lo volvería extremadamente vulnerable. La opción difícil era instalar yo mismo un sistema operativo libre. El primero que descargué para prueba fue Ubuntu, sin embargo quería tener una opción, así que empecé a leer sobre Edubuntu, Kubuntu, Linux Mint, Fedora, OpenSuse y otras distribuciones, pero la que me llamó más la atención luego de leer varias reseñas fue Elementary OS.
El primer paso para instalar un sistema operativo de estos, es probarlo. Teniendo en cuenta que el equipo carece de reproductor de CD/DVD, fue necesario crear la .iso (imagen) en una memoria USB.
1) Descargar imágenes: Como primera medida se deben descargar las imágenes (.iso) del sistema operativo. Yo descargué tanto la de Elementary OS, como la de Ubuntu.
2) Crear una memoria USB para probar / instalar el sistema operativo desde Windows: En vista de que mi equipo, como ya lo dije, no tiene unidad de CD, fue necesario utilizar memorias USB. Esto es útil también para dispositivos como las notebooks. Para esto se utiliza un pequeño programa llamado Pen Drive Linux. Este es un .exe que se ejecuta directamente y no a través del sistema por lo que en realidad nunca se instala y no es necesario tener derechos de administrador. Pen Drive Linux crea la imagen en la memoria USB, para Elementary OS basta con una de 1GB de capacidad, mientras que para Ubuntu es necesaria una de más de 2GB.
3) Probar el sistema: Para probar el sistema es necesario reiniciar el computador e inicializarlo desde la USB. Algunos equipos tienen esta característica por defecto, pero para otros es necesario ajustar la confuguración de la BIOS, que se logra presionando ESC o una tecla de función como F1 o F6, allí hay que buscar la palabra «boot» y seleccionar USB. Una vez el computador se ha reiniciado desde la USB, estamos en la versión de prueba. Vi la versión de Ubuntu y me pareció igual que la de hace varios años, en cambio la Elementary OS me pareció novedosa y elegante. Algo que me gustó es que estas versiones de prueba pueden acceder a WiFi sin ningún problema, no como hace años. Ahora todo era cuestión de instalar.
4) Instalación: La instalación de Elementary OS requiere de una conexión a Internet de preferencia con un cable de Ethernet y de cierta capacidad de memoria, en caso que lo vaya a compartir con Windows. En mi caso decidí borrar Windows por completo y dejar sólo el nuevo sistema operativo. El instalador es bastante intuitivo y rápido, y está disponible en inglés, español y mucho idiomas más. Algo que me agradó bastante es que pregunta SI el usuario autoriza a instalar software de propietario, lo cuál es un alivio, puesto que muchos de los codecs y drivers que se requieren para cosas tan elementales como escuchar música y conectarse a Internet, son de este tipo. Luego de unos minutos, voilá: el sistema está listo para ser usado.
5) Reconocimiento: Y luego de la instalación, es hora de explorar. Es impresionante lo limpio y elegante que Elementary OS puede ser, incluso el número de programas que vienen preinstalados son muy escasos dejando al usuario la posibilidad de adapatarlo a su mejor gusto. Los programas que vienen por default son:
Pantheon Greeter, que se encarga del manejo de sesiones de usuario. Además de un reloj-calendario, tiene la particularidad que cambia de apariencia, de acuerdo con el fondo de escritorio elegido por cada usuario.
Pantheon Greeter
Wingpanel, que es la barra superior que aparece al inciar sesión; tiene, además de la hora y la fecha, el acceso a las aplicaciones, el sonido, la conexión a Internet, los mensajes y el control de sesiones.
Slingshot, que permite la visualización de aplicaciones desde Wingpanel.
Slingshot, la barra negra de arriba es Wingpanel.
Plank, que es el dock o lanzador (odio esa palabra) de aplicaciones con un parecido interesante al de iOS.
La barra inferior, que se oculta automáticamente, es Plank, el lanzador de aplicaciones .
Switchboard, que es el programa encargada de controlar la configuración del sistema.
Midori, que es un navegador básico, funcional, pero que realmente no le ve una a Mozilla Firefox o Chrome.
Geary, que es el programa de manejo de correos electrónicos. Para aquellos que no lo sepan, hay formas de revisar correo electrónico que no involucran entrar a un navegador. El usuario agrega su cuenta y su clave en Geary y tendrá acceso a sus mensajes en tiempo real.
Calendar, que es el calendario que viene por defecto. (Es tan obvio).
Music, que es el reproductor de música, que también tiene un parecido interesante con iTunes.
Scratch, que es un sencillo procesador de texto, para tareas básicas como la toma de notas.
Pantheon Terminal, que es una re-imaginación del viejo terminal Linux, con el plus que tiene un efecto transparente, que es sensacional.
El terminal de Elementary OS tiene un efecto de transparencia.
Pantheon Files, que es el programa encargado del manejo de carpetas y archivos.
En conclusión, Elementary OS es uno de los mejores sistemas operativos, no sólo de Linux, sino de todo el mercado y bien vale la pena darle una oportunidad. Quien quita y le quede gustando tanto, que no sienta la tentación de volver nuevamente a Windows.
No creo que los ejecutivos de Warner Bros alcancen a entender bien el mal que lanzaron al mundo en 2001. En ese año se les ocurrió la idea de llevar al cine al famoso y controvertido mago de la misteriosa cicatriz en la frente. El asunto no habría pasado a mayores, de no ser porque la película que mostraba a Harry Potter por primera vez en la pantalla grande, no sólo igualó en popularidad al libro en el que se basó, sino que la superó con creces, alimentando la ya efervescente locura por los libros de J.K. Rowling. Al ver las crecientes montañas de dinero que hacían Harry, Ron y Hermione con cada película, los ejecutivos de todos los estudios entraron en un shock emocional que perdura a nuestros días, en el que (según cuentan las malas lenguas) recorren sus oficinas gritando a voz en cuello «¡FRANQUICIAS, QUIERO FRANQUICIAS!.
Pero ¿Qué es una franquicia? Una franquicia es sencillamente una serie de películas que se extiende más allá del límite natural en el cine, que es una trilogía. Por lo general, 3 entregas de una película son más que suficientes y en ocasiones son hasta demasiadas, como bien lo demostraron las franquicias de Rocky y Rambo por allá en los 70-80-90. (Gracias Sylvester Stallone.) Pero como todas las modas, siempre van y vuelven y con el super éxito de las OCHO películas de Harry Potter, las franquicias vuelven a vivir su época dorada.
Y no es sólo que Crepúsculo y Los Juegos del Hambre hayan decido alargar sin necesidad sus frívolas versiones en el cine, con una película más que en sus libros originales. Rápido y Furioso (que entra a su SÉPTIMA entrega), James Bond, Transformers, El Hobbit, Los Super Héroes Marvel y Piratas del Caribe (que se resiste a morir) son sólo ejemplos de estas franquicias que los estudios atiborran de dinero de publicidad para tener el margen de utilidad seguro. Y con 300: Rise of an Empire (300: El Origen de un Imperio), las cosas van por el mismo camino.
Basada en una novela gráfica de Frank Miller (que nadie ha visto), 300: Rise of an Empire, si bien se puede decir que está en la misma vibra de la original 300… como dice un popular dicho colombiano «le falta mucho pelo pa’l moño». En primer lugar a Sullivan Stapleton (Temístocles) le quedó grande la tarea de llenar el vacío de Gerard Butler, por lo cuál hay una ausencia de héroes que Lena Heady apenas si logra suplir en los pocos momentos en que aparece en pantalla. La película transcurre antes, durante y después de los eventos de 300, en un paralelismo que haría morir de la envidia a los productores de la franquicia de terror SAW (sí, otra). Pero ese paralelismo pasa factura en el momento en que Lena Heady aparece y no se ven tan fresca y rozagante como en 2006 y cuando el jorobado traidor de Efialtes ni se parece al que salió en la película anterior.
Comparado con otros aspectos de la película, a Rodrigo Santoro no le fue tan mal.
Para colmo de males, metieron dos lineas de drama dignas de un capítulo de «Grey’s Anatomy«: Primera, la del padre que aún no está preparado para estar orgulloso de su hijo (meh) y segunda la de «te odio tanto que te amo» que encarnaron los personaje de Stapleton y Eva Green (Artemisia). Pero lo peor del asunto es que dejaron la trama abierta para hacer más películas. Es aquí donde me pregunto ¿era necesario dañar el legado de una película como 300 sólo para que el estudio pudiera ganarse otra montaña de dinero?
PD: La película no es mala, de hecho es entretenida (hasta con porno suave y todo), pero hasta allí. No hay trascendencia.
Quería hacer una crítica larga, profunda e inteligente sobre la más reciente película de Liam Neeson «Sin Escalas» (Non-Stop en inglés), pero a medio camino me aburrí y me di cuenta que podía resumirla con aquella popular expresión «Borra con el codo lo que haces con la mano» o (su equivalente en otros de nuestros hermosos y corruptos países hispanos) «Lo que haces con las manos, lo destruyes con los pies».
¿Este afiche deja algo a la imaginación sobre lo que va a pasar?
En efecto, el 75% inicial de la película es sencillamente espectacular, manejando el suspenso, la tensión y la emoción en un balance casi perfecto. Bill Marks (Neeson) es un alguacil federal aéreo, que no es otra cosa que un bonito nombre para los tipos que se montan en los aviones para ser los superhéroes en caso de que a Obama Bin Laden, o a algún otro trastornado se le ocurra disfrazar terroristas de pasajeros. Marks, por supuesto, no es perfecto y tiene un grave problema con la bebida derivado de un fuerte trauma familiar. El trasfondo de este personaje resulta interesantísimo al abrir un componente dramático en el que Neeson se siente como pez en el agua.
Las cosas para Marks se complican cuando se da cuenta que el avión que se supone debe custodiar, en efecto ha sido infiltrado por un terrorista que le dice que un pasajero morirá cada 20 minutos. Marks, inicialmente incrédulo, se resiste a seguirle el juego a un terrorista anónimo en la pantalla de su celular. Para eso pide apoyo a Jen Summers (Julianne Moore), la encantadora pasajera que siempre pide la ventana, y a Nancy (Michelle Dockery) una azafata que curiosamente tiene un amorío secreto con el copiloto del vuelo. A pesar de los esfuerzos de Marks, el terrorista empieza a actuar y los pasajeros empiezan a morir en circunstancias que evidencian una preparación y una anticipación extraordinarias.
Esta película será recordada por ser la última en la que Lupita Nyong’o tuvo un papel de medio pelo antes de ganarse el Oscar. En esta película lo único que hace su personaje es molestar con obviedades.
La técnica que usa el director para mostrar la comunicación del terrorista con Marks es interesante, al mostrar los mensajes no en la pantalla del dispositivo, sino en la pantalla del cine, a un lado de los personajes para que podamos leerlos sin necesidad de retorcernos el pescuezo al estilo de «El exorcista» ni tener que entrar al grupo de riesgo por una tortícolis. Este esfuerzo se reconoce en el hecho que en las versiones dobladas, estos mensajes se leen en el idioma de doblaje, manteniendo el efecto de la versión original.
Hasta ahí la cinta avanza en un nivel indiscutiblemente superior, pero justo faltando 30 minutos, todo se va al carajo y lo que tenía el potencial de convertirse en un thriller igual o mejor que Flight Plan, terminó por parecer una copia barata de Con Air, apelando a todos los clichés del cine de acción, desdibujando por completo la trama y sus personajes. La parte final de «Sin Escalas» es tan cliché que lo único que faltó es un grupo de niños abriéndose paso entre la multitud para abrazar al personaje de Neeson. Es increíble como unas cuantas escenas pésimas pueden dañar toda una película. ¿Mi sugerencia? Vaya y véase la película, pero apenas oiga la palabra «YouTube» salga corriendo despavorido del teatro, es en serio, no hay nada más que ver.
Calificación
Primera Parte (75%): 4.97
Segunda Parte (35%): 0.01
Final: 3.73
Como siempre la actuación de Moore, extraordinaria (excepto en la última parte donde todo fue un desastre).
En Colombia cuando nos hablan de ayuda estatal, lo primero que se nos viene a la mente es una aglomeración humana haciendo fila, bajo un sol inmisericorde, delante de un cajero electrónico para retirar los llamados subsidios de Familias Bajo El Sol En Acción. Sin embargo, no sólo en nuestro país, sino en la mayoría de países en todo el mundo, los programas de ayuda estatal no solamente se enfocan en el sector de menor ingreso de la población. El siguiente video explica claramente como funcionan dichos sistemas, tomando como ejemplo el del país capitalista por excelencia: Los Estados Unidos de América. Para mayor claridad, debajo del video está la transcripción al español. (Original en inglés aquí).
Narrador: Y todo este tiempo creí que el mundo era redondo. El mundo no es redondo. Tiene bordes desde los que podemos caer y caras mirando en direcciones completamente opuestas. Y yo pensé que el mundo era enorme, pero no lo es. Está en nuestras manos. Podemos sostenerlo, cambiarlo, voltearlo, hacerlo temblar. Podemos resolverlo, pero no con la suerte o con el azar. Debemos aprender a hacerlo.
Ananya Roy: Todos los años, tengo a mi cargo una concurrida clase sobre pobreza global en la Universidad de California Berkeley. Como es lo lógico en una importante universidad pública, los estudiantes representan una diversidad de clases sociales, ventajas y privilegios. Algunos son estudiantes de primera generación (sus padres no fueron a la universidad), algunos son hijos de la clase trabajadora de la California global; otros vienen de los cielos del sector acaudalado. Aunque también hay algunos que pertenecen a ese tambaleante grupo llamado la clase media estadounidense.
Los estudiantes también representa una diversidad de opiniones políticas. Aunque todos quieren la justicia social y ser partícipes del cambio social, tienen maneras algo diferentes de entender el significado de dichos conceptos. Para algunos, la cruzada es por la igualdad económica y social. Para otros es por un capitalismo compasivo. Para otros más es simplemente hacer el bien. Pero todos ellos tienen algo más en común: tienden a pensar que la pobreza global es algo que existe en otros lugares; en el Sur Global, en el tercer mundo, no aquí, no en los Estados Unidos de América.
Bancos, aerolíneas, emporios agrícolas y hasta empresas petroleras hacen fila para recibir ayudas estatales.
Una tarde, el año pasado, escuché a un grupo de mis estudiantes discutiendo sobre ayuda estatal y pobreza en los Estados Unidos. Era una discusión informal y las opiniones fluían libremente. Una estudiante anotó que estaba preocupada por el comportamiento de los pobres, igual que lo estaba por la desigualdad. Como estudiante de bajos ingresos, ella tenía varios trabajos. Uno de ellos era en una tienda de abarrotes. «Veo gente con ayuda estatal aquí todo el tiempo, tratando de comprar cigarrillos y alcohol con bonos de comida» dijo. (¿En que se gastaran los subsidios los beneficiarios de esas ayudas aquí en Colombia? Las cursivas son mías) «La dependencia es un problema. La solución a la pobreza no puede ser darle limosnas a los pobres» concluyó. Muchos en el grupo estuvieron de acuerdo con ella. Los estudiantes en esa conversación pertenecen a lo que yo designaría como la generación post-ayuda-estatal. Crecieron durante los años en el que el sistema de ayudas estatales estaba siendo desmantelado. La mayoría de ellos tenían cuatro años cuando el Presidente Clinton, un tanto reticente, convirtió en ley, la propuesta que eliminaba las ayudas estatales para los necesitados. No escucharon a Ronald Reagan en su campaña para la nominación presidencial por el partido republicano en 1976, cuando invento el personaje de la «Reina de los Subsidios». «Hay una mujer en Chicago»- dijo Reagan- «Tiene 80 nombres, 30 direcciones, 12 tarjetas del seguro social, tiene Medicaid, bonos de comida y recibe dinero de ayudas estatales bajo cada uno de esos nombres». Se gana al mes u$ 150.000 en efectivo, libres de impuestos». No oyeron nada de eso, pero esa era su verdad. Crecieron en una era en la que las ayudas estatales, NO la pobreza, se habían convertido en el problema que debía resolverse.
Me di cuenta esa tarde que esta generación post-ayuda-estatal, expresaba opiniones profundamente ambivalentes sobre el papel del Estado. Les gustan las organizaciones sin ánimo de lucro, las soluciones de mercado a la pobreza, las organizaciones comunitarias, pero no es gusta el gobierno.Por esto es que se enamoran de las ideas de William Easterly, especialmente en esta linea «los ricos tienen mercados, los pobres tienen burócratas». La burocracia en el gobierno, como las ayudas estatales, era un problema, pero he aquí la paradoja: mis estudiantes gozan de un cúmulo de subsidios estatales escondidos que los apuntalan a la oportunidad y la aristocracia, pero no creen que dichos subsidios deban estar disponibles para los pobres. Debemos replantear la frase de Easterly: los ricos tienen ayuda estatal, los pobres deben ayudarse a sí mismos.
Puesto de otra manera, mis estudiantes se preocupan de la dependencia de los pobres a la ayuda estatal, pero no logran reconocer que son dependientes de ese mismo tipo de ayudas. Yo también dependo de las ayudas estatales. Déjenme presentarme, soy Ananya Roy, profesora en la Universidad de California Berkeley, pero vivo en una vivienda pública. Mi carrera me permite una casa en las colinas de California con vista al puente Golden Gate, pero aún así, vivo en una vivienda pública. La vivienda pública en la que yo vivo, no es la del estereotipo estadounidense, con edificios en ruinas, concentraciones de pobreza y vecindarios devastados por la violencia (Estamos entregando casas…). Mi vivienda es pública porque la deducción de impuestos que disfruto sobre mi hipoteca se parece más a una limosna sustancial que cualquier dinero gastado por el gobierno estadounidense en las maltrechas, estereotipadas e infames viviendas de carácter público.
Pero los ricos no son los únicos que hacen filas para recibir plata de los gobiernos, aquí un grupo de personas haciendo fila kilométrica para recibir ayudas de Familias en Acción.
Y hay millones de familias que disfrutan de los mismos beneficios. Para dar un dato nada más, en 1999 cuando se cerraba el siglo estadounidense, el gobierno norteamericano gastó veinticuatro mil millones de dólares en viviendas públicas y subsidios de arriendo para los pobres. Pero en el mismo año gastó setenta y dos mil millones en subsidios sobre hipotecas para la clase media y los acaudalados. Este tipo de exención nunca ha sido considerada ayuda estatal y no hay ningún estigma atado a esta dependencia. De hecho son vistos como «beneficios». ¿Por qué sucede eso? La historia cuenta.
El sistema de ayudas estatales en Estados Unidos fue forjado en el despertar de la Gran Depresión, para crear un nuevo contrato de programas sociales. Pero, desde el mismo comienzo fue divido en dos canales: los programas de seguridad social disponibles como beneficios y los programas de asistencia pública, conocidos como ayudas. ¿Tengo que señalar las dimensiones en raza y género de esta división? Es hora que Estados Unidos reconsidere quien es dependiente de las ayudas estatales.
Narrador: En la búsqueda de la «Reina de los Subsidios» hemos estado buscando personas naturales, cuando deberíamos estar buscando por personas jurídicas, deberíamos estar mirando a Walmart. Walmart es el empleador privado más grande en EUA , empleando en 2011 más personal que cualquier otra compañía del país. Walmart alcanzó un nada despreciable beneficio de $16.400 millones de dólares en ese mismo año y los seis herederos de Walmart, la familia Walton poseen cada uno, una fortuna de unos $100 mil millones, lo cuál es más que el 40% de los estadounidenses más pobres. Pero a pesar de hacer tal cantidad de dinero, el modelo de negocios de Walmart depende del Estado. Depende del hecho de ser la «Reina de los Subsidios» más grande de los Estados Unidos.. Debido a los reducidos salarios que Walmart paga a sus empleados (consecuencia de su política de horarios reducidos, igual que el Éxito en Colombia), el gobierno tiene que dar un paso al frente y proveer asistencia pública a los empleados de Walmart para que puedan sobrevivir. Es por eso que la fuerza de trabajo de Walmart representa el receptor más grande de ayuda federal en los Estados Unidos.
Ananya Roy: Nunca antes, desde los tiempos de la Gran Depresión, la sociedad estadounidense ha enfrentado niveles de desigualdad tan escandalosos. Estados Unidos se ha convertido en la nación del 1%, donde ganancias económicas masivas llegan a tan sólo el 1% de los hogares. Esta es la obscena realidad que el movimiento Occupy ha hecho visible. Tal desigualdad no es natural. No es el resultado obligado del libre comercio. Más bien es producida por la política actual,donde las ayudas estatales van a los fondos de Wall Street y a super corporaciones como Walmart.
Esta es la plaga de lo que en 1958, el economista y diplomático llamó «la sociedad opulenta». En un análisis diseñado para conmover la conciencia del pueblo estadounidense y ayudar a lanza la guerra contra la pobreza en 1960, Galbraith declaró que el manejo de las economías modernas por opulentos para los opulentos, terminará fracasando. Incluso peor, los opulentos empiezan a sentir lo que Galbraith describe como «cómoda indiferencia» por los excluidos de la cultura y los beneficios que ellos disfrutan. Uno de los efectos que Galbraith notó fue la resistencia a la ayuda del gobierno por parte de los pobres, evidente en nuestros tiempos (No han venido a Colombia, aquí nadie rechaza un subsidio). Galbraith argumentó que, a pesar de todo, la lucha efectiva contra la pobreza puede venir exclusivamente del Estado.
Las conclusiones de Galbraith vuelven a estar vigentes hoy en día, pero no por las democracias liberales del Atlántico Norte. En lugar de eso, potencias económicas del Sur Global que han empezado a liderar programas estatales de inclusión social y desarrollo humano. En México y en Brasil transferencias condicionales de dinero apoyan a millones de hogares pobres y han sido asociadas a descensos en los niveles de pobreza y mejoras en la salud y educación. En la India, los legisladores empiezan a discutir sobre crecimiento inclusivo, esperando integrar a los más pobres en el rápido crecimiento de la economía.
Parte de mi vida académica la he dedicado a criticar estos programas. Puedo decirles por qué las transferencias condicionales de efectivo ponen una carga adicional a las que ya tienen las madres pobres. Puedo decirles por qué el acercamiento de la India al crecimiento inclusivo ha fracasado, pero también quiero señalar que se está creando un nuevo tipo de «estado de bienestar» en el Sur Global, uno que implique un nuevo contrato social entre el Estado y los pobres.
Tal vez, el mejor ejemplos de esto, es el actual debate en muchos países sobre la necesidad de garantizar un salario mínimo (En Colombia ya tenemos… aunque muy mínimo). Esto es radical. Un ingreso mínimo garantizado es el salario de un ciudadano como un beneficio, no como ayuda. Implica que el derecho de ciudadanía excede el ritual político del voto y el derecho a la dignidad humana y a la vida sin pobreza. Quiero ser clara, los gobiernos en el Sur Global no garantizan este nuevo contrato a los pobres. Los movimientos de gente de escasos recursos están reclamando estos contratos. Protestas contra la privación, la disposición y el desplazamiento. Están rugiendo como los movimientos social de gente pobre de Oshman Desu en Sudáfrica. Nosotros somos los pobres. Estos movimientos de gente pobre entienden lo que he el visionario radical Saul Alinsky entendía cuando inició acciones comunitarias en los vecindarios marginados de Chicago. La pobreza no es sólo pobreza de economía, es pobreza de poder.
Una parte importante de la pobreza de poder es ser definido como dependiente, dependiente de la caridad, de las limosnas, de las ayudas estatales. Transformar la dependencia en auto-determinación es el trabajo de los movimientos de gente pobre. Demostrar la dependencia de los ricos y de los pobres sobre las ayudas estatales debe ser nuestra labor colectiva.
Y así, esa tarde en la Universidad de California Berkeley, le pedí a mis estudiantes leer el poema de Maya Angelou «Ahí va Mamá Subsidios». » Ahí va Mamá subsidios, con sus manos regordetas en sus gruesas cadera, sus pobres hijos no conocen de juguetes, miran con las manos desnudas dentro de la cueva de los burócratas buscando la parte que a ella le corresponde. Ellos no me dan sus subsidios, yo se los arrebato».
Recibir subsidios del estado generalmente no está bien visto., como muy bien lo expresa este «meme».