Theresa Gelbman lo tiene todo: belleza, juventud, popularidad y una vida académica en ascenso. Sin embargo, muy pronto todas esos conceptos que ella considera cualidades pasarán al último lugar de importancia cuando, tras una serie de hechos enigmáticos, ella descubra que está condenada a muerte. Y no precisamente por una enfermedad terminal.
Bajo estas líneas básicas, el director estadounidense Christopher B. Landon (Actividad Paranormal: Los Marcados, 2014) entrega en un lapso de 96 minutos, una interesante mezcla entre ciencia ficción, film slasher, y drama post-adolescente. Y los resultados son mucho mejores de lo que cualquiera podría esperar. Claro, con la notable excepción de aquellos a los que cualquier película de terror les parece una maravilla…
Un tren que parte de Estambul con rumbo al corazón de Europa. Un vagón de primera clase repleto de gente, justo en la mitad del invierno. Un cadáver. Doce puñaladas. Múltiples sospechosos. Un detective de talla mundial.
Una historia escrita por Agatha Christie en la década de 1930 y llevada al cine y a la televisión en múltiples ocasiones, es traída de vuelta a la gran pantalla de la mano del director británico Kenneth Branagh, que por momentos parece olvidar que estaba haciendo una película para el público de 2017, no para el de 1934.
Un grupo de estudiantes de medicina, al mejor estilo de Grey’s Anatomy (al menos en sus primeras 3 temporadas) se involucra en un peligroso experimento que requiere que todos ellos, uno por uno, paren su corazón y permanezcan muertos durante al menos un minuto. Bajo esa trama elemental, el director escandinavo Niels Arden Oplev (La Chica del Dragón Tatuado, Suecia, 2009) intenta recrear el horror psicológico dirigido por Joel Schumacher en 1990 y que se convirtió en la punta de lanza para la carrera de la hoy multipremiada, hiper conocida y muy bien remunerada Julia Roberts. Y digamos intentar, porque la verdad, mucho éxito, que digamos, no tiene.
Quisiera empezar esta publicación diciendo que voy a ser objetivo, imparcial y ecuánime, que sin importar mis traumas, mis virtudes, mis defectos, mis fortalezas y mis prejuicios, voy a dar una opinión imparcial sobre la más reciente película de Pixar llamada Coco. Pero luego de meditar varias horas sobre el asunto, he llegado a la conclusión que me resulta imposible hacerlo.
Frecuentemente en este blog he criticado la cualidad manipuladora y mojigata que tienen las películas de Disney, incluyendo las de sus subsidiaria Pixar, pero solo hasta este momento puedo comprender con claridad que para realizar ese tipo de manipulaciones emocionales y tener esa característica puritana, se requiere de muchísimo más que de una decisión desinformada de unos escritores en una mesa. Se requiere entender.
Y es que resulta prácticamente imposible, como latinoamericano, no sentirse identificado con esta película. Una identificación de tal magnitud que es capaz de revolver las emociones y empujar a las lágrimas a cualquiera que tenga el corazón un poco menos duro que una piedra.
Siempre que he escrito reseñas sobre las películasdel Universo Extendido de DC (DCEU) he recibido comentarios muy subidos de tono en mi contra, como redactor, precisamente porque dentro de mi perspectiva todas las entregas de esta saga, con la notable excepción de Suicide Squad, me han parecido largometrajes que van desde buenos a excelentes.
Y ciertamente me he preguntado si, de hecho, existe algún tipo de sesgo en mis publicaciones que favorezca de manera injusta a DC, por encima del Universo Cinemático de Marvel (MCU), después de todo, yo crecí viendo a los superhéroes de DC en las tardes y los fines de semana, y sólo me choqué con Marvel, ya como adolescente. Al punto que uno de mis disfraces más recordados de niño fue el un personaje de DC: Robin.
Sin embargo, luego de leer mis publicaciones y analizar la metodologíacon la que yo calculo la puntuación final de las películas en este blog, he llegado a la conclusión que no existe ningún tipo de sesgo, aunque quizás sí una diferencia crucial en la forma en que yo, como espectador disfruto y comprendo un largometraje.
¿Y para qué hago una introducción que ya con este lleva cuatro párrafos? Sencillamente porque para zanjar la cuestión de si Justice League es buena, o es mala, resulta inmensamente necesario aclarar que no existe ningún tipo de favorabilidad desmesurada a favor de las películas de Warner Bros / DC, ni tampoco una animadversión desmedida contra Disney / Marvel.
Justice League continúa con la historia de Bruce Wayne (Ben Affleck), un millonario que luego de 20 años de combatir el crimen en Ciudad Gótica se enfrenta a la tarea de reunir un equipo capaz de enfrentar la amenaza latente que se cierne sobre el planeta, ahora que Superman (Henry Cavill) está fuera de la ecuación, luego de su batalla con Doomsday.